Hawái.


415. Airs
noviembre 1, 2015, 2:20 pm
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Loren Connors © Mark Mahaney 01

Airs

LOREN CONNORS
»Airs«
RECITAL. 2015

“Forlorn wonderment; a human quality that makes this such an enchanting record”. El delicado brillo de una cuerda que arroja en las corrientes aéreas una reverberación tenue, el reflejo sublime de notas débiles formando hermosos paisajes acústicos, explosiones ínfimas de ruido que generan ilusiones reales de una belleza pura. Al momento final, luego de que el sonido deja de emitir sus movimientos circulares, todavía queda la sensación de haber asistido a un momento único, irrepetible, una emoción imborrable de haber contemplado, aunque haya sido tan solo por una fracción de tiempo, una materialidad auditiva especialmente majestuosa. Rastros efímeros de armonías que reflectan levemente generando estelas de tintes pálidos, anotaciones breves en las que se deslizan con suavidad las gemas de los dedos sobre el cuerpo instrumental. Al presenciar los acordes que se despliegan sobre la superficie natural se puede apreciar cada detalle de sus trazos orgánicos, marcas que poseen una fuerza verdadera, como si estuviéramos apreciando manchas perfectamente irregulares sobre un lienzo desgastado, líneas de colores decaídos con pequeñas pinceladas de colores puros que dejan una impresión melancólica sobre la tela. Los apuntes resplandecen en el espacio sombrío, las tonalidades emiten un brillo opaco, la luz es capturada en óleo exánime, indicios fugaces de ruido e impresionismo. Desde hace cuarenta años, casi media siglo, que el norteamericano Loren Connors lleva realizando una música que es exclusivamente suya, sonidos distinguibles en los que extiende armonías precisas y ráfagas de ecos confusos sobre el panorama contemporáneo, partituras en blanco sobre las que desarrolla su manera de entender el sonido y de plasmar ideas. A lo largo de todos estos años Connors ha publicado innumerables piezas que asombran por su misteriosa y radical arquitectura indescifrable, expresiones reducidas a simples estructuras, piedras en su estado original que refulgen como minerales extintos. Una de sus últimas es “My Brooklyn” (Analogpath, 2014) [328], registros en vivo capturados en la ciudad en la que habita desde hace varios años, un homenaje a las calles donde camina. “Desde bastante atrás en el tiempo que suele producir arte sin que este sufra ninguna manipulación posterior. Siempre ha sido así. Las piezas surgen de manera casi silvestre, sin que nada que pudiera provenir de otro sitio altere ese carácter prístino. Puede ser una habitación vacía como una sala con otras almas presenciando la materialización de una obra frente a sus ojos… Su música tiene una forma, aunque indeterminada, una substancia que se apodera de lo que ronda en el instante de ser reproducida. Es una sensación extraña… Dos notas que se repiten igual número de veces. Luego, un quiebre. Nada es igual, nada será igual. Todo es parte de lo mismo, todo lo recuerda a él. Una actuación relativamente breve sirve como escenario para desplegar los acordes indefinidos. Es el sonido fantasmal que emana de su delgado cuerpo, de sus estrechos dedos. La carne que rodea sus huesos se mueve con una tranquilidad insospechada a veces, otras con una violencia única. Son diversos estados que cruzan esta primera pieza, desde esos sucintos apuntes de sus composiciones más efímeras hasta el vigor y la urgencia de sus registros más oscuros… Otra forma diferente de afrontar aquello llamado blues, una forma etérea. Cuerdas de metal que generan una distorsión contenida, una reverberación constante y una estela inquieta de sonidos que tienen un reflejo inmediato después de fallecer. Es un instrumento que produce luces y un espejo que reflecta incansablemente su sonido. Y entre los surcos se manifiesta una tristeza contemplativa, esa belleza triste que muchas veces brota de manera natural en sus piezas”. Mientras algunos de sus registros ven la luz, otras grabaciones anteriores vuelven a ser publicadas, una recapitulación necesaria para valorar como es debido el cuerpo creativo desarrollado por el artista de Nueva York.

La música de Loren Connors siempre ha estado presente y entrelazada, de alguna manera, a la vez que ella es única en cada momento. Cada una de sus piezas se conecta con la anterior, y esta con la que le precede, así hasta el principio de su historia, aún cuando de todas maneras se puedan apreciar diferentes formas. En todas ellas fluye un mismo espíritu, un alma fantasmal que atraviesa las distintas armonías, sean estas más quietas o más extáticas. Existe un algo intangible que cruza su obra. E, igualmente, se distinguen matices, distintas intensidades y texturas y profundidades e iluminaciones. Cada instante no es igual al instante siguiente ni al instante previo, cada segundo es el mismo desde el comienzo. Este reciente año ha tenido lugar la realización de nuevas piezas, unas cuantas tomas en directo que se vinculan a otros parajes desarrollados de igual manera, con otras fisonomías. Muchos de esos puntos que se relacionan entre sí afloran como un recuerdo extraño, una remembranza imposible de explicar más que una idea que detona en la mente. Algunos de esos nexos retornan en este último período, en que el tiempo anterior ha regresado para recordar parte del inmenso legado de Loren Connors. Dentro de su catálogo existen incontables momentos que merecen ser retrotraídos, obras muchas de las cuales permanecen apartadas del conocimiento general. Varias de ellas han sido vueltas a lanzar, una oportunidad para volver a contemplar algunas de las cintas en las cuales se vierte esa alma real pero invisible. Entre ellos “The Departing of a Dream” (Family Vineyard, 2002–2013), “The Lost Mariner” (Family Vineyard, 1999–2010), junto a Darin Gray, “Hell’s Kitchen Park” (Black Label, 1993–Enabling Works, 2010) o “Moonyean” (Road Cone, 1994–Enabling Works, 2011). En este caso se trata de un álbum que consiste en grabaciones donde explora parte de sus raíces genealógicas y de su herencia familiar y que, a su vez, se encadenan de manera más palpable con otras que ha ido desperdigando durante varios años. Una serie de brisas momentáneas, fracciones de sonido de un esplendor imperecedero. El año 1999, a fines del siglo pasado Connors, en ese entonces Loren MazzaCane Connors, publica él mismo “Airs”, una edición originalmente de tan solo veinte copias que luego, dentro del mismo año, realiza Road Cone, el sello de Portland ahora inactivo. Este trabajo reunía un número de piezas donde explora pequeñas melodías que son un homenaje a la música con la cual se creció, el folklore irlandés, donde se encuentran sus raíces. “An Air” se llamaba precisamente una de los cuadros breves que integraban “Hell’s Kitchen Park”, junto a otras piezas de igual naturaleza. Durante los siguientes años continuarían esparciéndose más de estos registros, en diferentes trabajos. “Airs” es una obra que se comprende íntegramente de esta narrativa sonora, un álbum donde indaga en esos motivos sencillos expresados con la manera y el método desarrollado durante años por Connors. Más de cinco lustros más tarde aquella maravillosa obra vuelve a ser publicada, por primera vez en vinilo, cera negra que contiene las grabaciones originales mejoradas sin perder su fidelidad primigenia. Sean McCann, a través de editorial Recital, reedita ese álbum, una nueva transferencia de los cassettes de cuatro pistas originales, remasterizado para vinilo por Taylor Deupree en 12k Mastering. Antiguas efigies que conservan su poética reflexiva, imágenes presentes de una resonancia que no pierde su valor con el paso de las décadas, con el paso de los siglos, partituras pasajeras que en fracciones de tiempo contienen una pureza única. Loren MazzaCane Connors y su inquebrantable arte, un arte el cual se manifiesta en expresiones reducidas cubiertas de un óxido verde, humedad sobre el metal que le imprime otro brillo diferente, un tono mustio. Esas manchas sobre el mineral han envuelto de manera gradual las estructuras inorgánicas, máculas esmeralda junto al bronce imperecedero, rocas ancestrales que emergen de la profundidad del suelo y que son extraídas desde lugares apartados. “En los 15 años desde que ‘Airs’ de Loren Connors se publicó por primera vez, se ha suscitado un círculo grueso de aficionados. Grabada calladamente en cinta de cassette en 1999 (con un maravillosamente sutil multi-tracking), ‘Airs’ se compone de una serie de breves poemas electrónicos de guitarra. Íntimamente compuesto con la paciencia y el resuelto titubeo que reverentemente hemos llegado a esperar de Connors. Melodías líricas se repiten en diferentes formas a lo largo del LP, como figuras cambiantes en un sueño. Sombríos y sumergidos, los tonos evocan un paisaje marino nublado. El álbum se percibe singular; tejido a lo largo de una sola fluida pieza. ‘Airs’ es quizás el más accesible y bello de todo el catálogo de Connors, seduciendo a extraños y familiares de la misma manera. Asombro abandonado; una cualidad humana que hace de este un registro tan encantador. Es la humilde sencillez y la franqueza de la inflexión de la guitarra que transmite tal verdad. La gracia austera de la interpretación de Connors resuena aquí abarcando todo”. Dos décadas desde que editó su primer trabajo, cincuenta años después de su nacimiento en New Haven, Connecticut, aparecen estos registros, ahora con una nueva presentación, excluyendo cuatro pistas y añadiendo otra que pasó desaparecida entre los varios archivos. Antes era una imagen de André Kertész (1894–1985) que cubría la portada, ahora es otra fotografía de tiempos pasados, “A Passage Between Tall Lands, Wier’s Close, Edinburgh” (1905) de Alvin Langdon Coburn (1882–1966), tinta gastada para representar las sonoridades remotas. “Airs”, una obra de piezas anónimas, registros enumerados que evocan un mismo lugar en la memoria, trazos simples por donde transitan emociones profundas y armonías acentuadas de manera leve que revelan una calma inalterable. Loren Connors y su guitarra eléctrica, ninguna otra presencia más que su quieto movimiento sobre las cuerdas de acero. Las extremidades de MazzaCane Connors se extienden de manera delicada sobre el mástil del cuerpo instrumental, impulsando con un cuidado extremo su carne sobre la superficie tallada. Los acordes fluyen de modo natural, marcas impresas de manera espontánea en el aire que ocupan el espacio colmando su volumen sin invadir violentamente en él. La luz entre sombras reaparece con su esplendor desteñido, un barniz suave aplicado por Deupree que realza ese carácter contenido en las delgadas películas primarias. Las notas pulsadas generan pequeños soplos, alientos exiguos que permanecen como recuerdos inconscientes en la mente aún cuando su figura se difumine y sólo quede su presencia borrosa. Todas y cada una de estas piezas tiene una apariencia similar, sonido homogéneo que se diferencia por las distintas disposiciones internas, melodías cristalinas de textura áspera, una contradicción que se logra apreciar en muchas de las obras de Connors. Imperfecciones sin borrar que destilan una energía inalterada, una fuerza que es expulsada de la misma manera en que esta emerge, inmutable. “Airs”, en esta versión, son diecisiete piezas que se prolongan por pocos minutos, existencia lacónica en la que se despliegan los apuntes débiles, acordes efímeros que destilan un vigor abatido. Loren MazzaCane Connors crea un cúmulo de pequeñas obras que pareciera que fuesen capturadas desde otro lugar misterioso, siendo él el medio para traspasar la energía de un estado a otro, materiales sublimados en alientos fantasmales. Un minuto y treinta y nueve segundos, solo ese tiempo se prolonga “Airs 1”, composición que exhibe una belleza excepcional, un rastro inmaterial de notas prístinas generando una reverberación tenue, efecto que se reitera en todos los siguientes instantes que abarca este álbum, incluido “Airs (The Lost Track)”, recién descubierto ahora, manteniendo la misma manera. Al final de esta colección está, igual que antes, una pieza que recuerda la muerte de un poeta. “In 1822, the poet Percy Bysshe Shelly drowned in a storm at the sea. His remains were found ten days later, recognizable only by the volume of John Keats’ poetry in his jacket pocket. A memorial was given and his ashes left, there on the shore”, texto inscrito en el reverso de la edición original. Percy Bysshe Shelley (1792–1822), poeta encontrado ahogado en el Golfo de La Spezia, siendo su cuerpo arrastrado por las aguas de Liguria hasta la costa, luego cremado en una playa cerca de Viareggio. “The Death of Shelley”, elegía acústica para una estrella muerta, extraviada en la costa, temblando en el mar, acordes que se estremecen en la inmensidad de la oscuridad, último respiro de esta retrospectiva de ruido análogo apagado.

“A series of brief electronic guitar poems. Intimately composed with the patience and purposeful hesitation we have reverently come to expect from Connors. Shadowy and sunken, the tone evokes an overcast seascape”. La presencia metafísica de Loren Connors se extiende a estas composiciones de lirismo sublimado, anotaciones fugaces que resplandecen con una intensidad decaída. “Airs”, una remembranza melancólica de notas débiles, décimas que emiten un abrumador fulgor opaco. Connors exhibe hermosas piezas de ruido crepuscular, fragmentos arcaicos de óleo mustio, tonalidades frágiles de una belleza impresionista.

www.recitalprogram.com, www.lorenconnors.net

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