Hawái.


331. Atlas. 2003–2013 + Los griegos creían que las estrellas eran pequeños agujeros por donde los dioses escuchaban a los hombres
agosto 1, 2014, 12:20 pm
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Ulises Conti 01

Atlas. 2003–2013 + Los griegos… 04

ULISES CONTI
»Atlas. 2003–2013« (2013)
»Los griegos creían que las estrellas eran pequeños agujeros por donde los dioses escuchaban a los hombres« (2014)
FLAU

Extrañas luces caen del cielo. Luces, cuartos, distancias, museos, estrellas. Trazando una línea de viaje extraña, cruzando océanos y montes es que llegan los sonidos que se ubican a un costado nuestro, separados solo por grandes extensiones de tierra elevada, una distancia leve en comparación al destino final desde el cual recibimos su elegante eco instrumental. Ulises Conti es un compositor argentino que hasta hoy ha publicado varios trabajos, todos desconocidos por mí, lo mismo que su biografía. Ante el desconocimiento prácticamente absoluto queda pues escuchar con atención como su historia y sus pensamientos nacen justo ahora, al tiempo que oigo las piezas que en más de diez años ha desempolvado de su libro personal, antes de que una nueva y vasta colección de las mismas se entrelacen para dar forma y vida a una nueva obra unida por una misma idea narrativa y auditiva, una especie de nuevo estreno luego de presentarse a si mismo al mundo desde el otro lado del mundo.

‘Atlas’ reúne lo que podrían ser consideradas las grabaciones más distinguidas de Ulises Conti a lo largo de su carrera solista de diez años. La selección revela un gran despliegue sonoro que genera espacios musicales y paisajes de una belleza inusual en la escena actual la cual pone énfasis en los elementos de timbre (piano, corno francés, viola, lap steel, etc.). Esta es solo una breve muestra de sus producciones como músico debido a que su trabajo se expande además a otras disciplinas como cine, artes visuales, danza y teatro, como compositor para bandas sonoras, instalaciones y otros proyectos de búsqueda sonora. Él es uno de los compositores argentinos con mayor potencial y proyección internacional considerando su poderoso e inspirador trabajo”. Desde lo ignorado me acerco a este compendio de sus diez años en los cuales ha ido desperdigando sobre el suelo sus diversos acercamientos a una composición sobria surgida de la apreciación acústica del ruido y la armonía de tonos fuera de tiempo. “Atlas. 2003–2013”, este resumen, aparece publicado a través de Flau, el label de Yasuhiko Fukuzono con sus oficinas establecidas en Tokio. Ha tenido que ser una editorial japonesa quien nos ha descubierto una música que se encontraba mucho más cerca nuestro, solo separada por una cordillera de distancia, por valles interiores de separación, un viaje desde el Atlántico al Pacífico Norte y de ahí de regreso al Pacífico Sur. Este atlas recopila quince piezas de entre dos y siete minutos, partituras escasas que se pasean por diversos lugares y estados, transitando con soltura por épocas diferentes que expresan el crecimiento de un artista, aunque esto quizás no sea más que una apreciación de quien observa desde fuera. Dentro se percibe una misma materia que se desvía a variados lugares, pero el origen sigue siendo el mismo. Un viento solitario parece indicarnos el comienzo de una historia, el prólogo de una fábula olvidada retratada con una solemnidad exterior que contrasta con la sencillez que se vislumbra dentro suyo. Más tarde, cuando los segundos avanzan recibe la compañía de otros aliados que realzan su cándida majestuosidad. “Cañones ocultos entre las flores”, la violencia tras la belleza natural. Un punto entre los quince que hacen que en la memoria afloren sensaciones escondidas por el paso de los solsticios. “Budapest” y el movimiento constante del piano, que forma con “El chico de la moto”, “Manuel” y “West Hollywood” un espacio donde destacan las armonías dibujadas con ese instrumento en parajes de romanticismo y emociones moderadas por la sensatez de la mente. Las cuerdas aparecen con “La sed”, folk de tierras baldías y noches desérticas que hielan, unido de la mano a “Canción de despedida”. Distintos tramos plegados, distintos capítulos de una historia que se desarrolla a lo largo de un territorio amplio. “Playa nevada” y “Extrañas luces caen del cielo” conforman otro fragmento de la travesía, como “Adivinación en lagos”, “Cuarto suspendido” y “Luz de un cuerpo” otro instante diferente pero similar. La isla dentro del mar de cuerdas infinitas es “Preludio”, guitarra acústica que parece comenzar a brillar a medida que avanza entre los otros sonidos vaporosos, una figura repetitiva que se desvanece con las horas comprimidas. Un aparente final interrumpido por otro verdadero, la nostalgia minimalista de “Distancias olvidadas”, múltiples capas plegadas entre sí que forman una sinfonía reducida de música discreta y clasicismo evocador. El viento inicial se cruza con los otros muchos sonidos en este epílogo solemne de ruidos sencillos, el último rincón de este mapa de Ulises Conti y su geografía acústica de armonías elegantemente desplegadas.

La relativa dispersión de “Atlas. 2003–2013”, provocada en parte por la búsqueda desarrollada durante una década completa, se ve concretada en su nueva obra integra y extensa. La presentación hecha por Flau el año pasado nos estaba avisando de los nuevos registros del músico argentino. Es nuevamente la editorial japonesa la encargada de publicar las composiciones de Conti, esta vez una colección inédita de una música inédita, aún más cohesionada dentro de la enorme variedad que este proyecto permite. “Los griegos creían que las estrellas eran pequeños agujeros por donde los dioses escuchaban a los hombres”, un largo título para un trabajo que intenta ser una representación completa de las múltiples posibilidades del sonido, dentro de unos márgenes propios de un artista, los bordes necesarios que se deben establecer para evitar la inconcreción. Lo excesivo del nombre se equipara a la cantidad de rastros audibles contenidos en él. Veintisiete piezas de entre uno y cuatro minutos, las letras expresadas en ruido amable. “Esta grabación fue pensada como un alfabeto sonoro, incluyendo diferentes tipos de resonancias y haciendo un acercamiento en el proceso de transformación del sonido en si mismo. Incluye manipulaciones acústicas con diferentes métodos, tanto digitales como análogos. El álbum contiene instrumentos musicales, field recordings de la vida cotidiana, donde es posible escuchar desde piezas para piano procesado a susurros de parques de diversiones, niños, juegos de basketball, aviones o campanarios. Sin embargo, todos estos sonidos, tanto instrumentos musicales como objetos sonoros, son procesados en una forma que nuevos sonidos son redefinidos”. Resulta difícil poder medirlas, son muchos instantes donde se esconden otras tantas sensaciones, cada una de ellas es un universo pequeño que encierra sonidos fascinantes, cada universo encadenado al otro como un cosmos de estrellas diminutas. Ánimos que varían, formas que mudan al trasladarse de un punto aislado a su continuación, preservando una linealidad en el fondo que trasciende las diferencias. Tomando como referencia el anterior álbum, este se encuentra notoriamente más desarrollado, cada elemento cosechado en la fecha oportuna, apreciable en los puentes que de manera invisible se tienden en él. Pudiera pensarse que una reproducción aleatoria podría funcionar de igual modo que el orden establecido. No obstante, se aprecia mucho mejor siguiendo los puntos ya demarcados. El coro casi litúrgico de voces que evocan una religiosidad de una pureza infinita, la pureza de la voz impulsada por las cuerdas de los hombres observados por dioses es solo el primer acercamiento a las variadas emociones vertidas en esta obra. “A” es seguida obviamente por “B”, folk reposado entre el resplandor de un piano de cuerdas extremadamente delgadas, mucho más grueso en “C”, diferente al lirismo digital entre manchas de sonido y notas cazadas de “D”. “E” parece recorrer los cielos con una música eterna, mientras que la belleza inconmensurable de “F” se nutre principalmente de los silencios, los espacios vacíos entre las notas dispuestas con extrema delicadeza. El ruido abrasivo de “H” se opone a “I”, de nuevo jugando con las distancias. Desde “J” a “N” el desarrollo se plantea en un plano similar, notas, silencio e intervenciones que se filtran por la acústica como errores diminutos al interior de las cintas. “Ñ” recoge grabaciones de campo de la letra anterior y las suma a las campanas que emiten su propia canción, convertida en un estruendo agradable en “O”. Desde “P” a “T” se vuelve al piano apacible, solo con la excepción de “S” y la electrónica fragmentada, excepción que se vuelve norma en “U”, “V”, “W” y “X”, la penúltima cubierta de cintas gastadas y brillo borroso, la última siguiendo la estética del error digital. “Y” es otro final aparente, por su relación con la pieza inicial, término nuevamente interrumpido por “Z”, falso epílogo que parece más bien notas capturadas de manera espontánea entre el ruido cotidiano, lo que queda cuando en un momento libre después de una jornada intensa. Esta obra, grabada entre Alemania y Argentina y producida por Ismael Pinkler, exhibe el florecimiento del arte de componer pequeñas piezas de arte. El paso desde las antiguas grabaciones a este nuevo trabajo muestra el crecimiento de una música que se desarrolla en forma inversa, eliminando partículas que pudieran ser remanentes que exceden a la presencia esencial del sonido. “Los griegos creían que las estrellas eran pequeños agujeros por donde los dioses escuchaban a los hombres”, presentado en su exterior con la misma elegancia de su interior, es una impresionante y amplia colección de armonías y vacíos, los polos opuestos sobre los cuales Ulises Conti construye su abecedario de composiciones de ruido análogo.

www.flau.jp, www.ulisesconti.com.ar

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