Hawái.


328. My Brooklyn
julio 1, 2014, 2:20 pm
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Loren Connors 01

My Brooklyn

LOREN CONNORS
»My Brooklyn«
ANALOGPATH. 2014

El tiene un cuerpo. Y el tiene manos. Y tiene muslos, y piel, y nervios, y músculos, y cabello, y tejidos. Sin embargo, el se desplaza como un fantasma, inclina su cuerpo como un fantasma, mueve sus extremidades como un fantasma, hace que las notas que salen expulsadas desde sus manos hacia el exterior tengan una resonancia fantasmal. Por tanto, él es un fantasma. La figura de Loren Mazzacane Connors siempre me ha parecido intrigante, desde la primera vez que pude oír los sonidos que desde su corporalidad salían como estelas de ruido desfigurado. No recuerdo el momento exacto en que tuve contacto con su aura misteriosa. Pudo haber sido hace quince años atrás, como también veinte, cincuenta, un siglo antes del presente, mucho antes de haber nacido yo, mucho antes incluso de haber nacido él. Es esa extraña figura que Loren representa, una imagen que proyecta no solo una entidad material sino también las sombras que emergen de esa corporalidad. Anteriormente hemos tenido la oportunidad de intentar capturar con palabras lo que surge de las cuerdas de Loren, aunque siempre resultará insuficiente teniendo en cuenta el enorme caudal de sonidos que a lo largo de la historia este artista ha desplegado. Son casi cien obras publicadas desde que hace veintiséis años editó su primer trabajo, “Acoustic Guitar / Gifts” (Daggett Records, 1978), un LP publicado por el mismo como Loren Mazzacane en una de las varias imprentas creadas para realizar su música. En ese entonces tenía veintiocho años, casi tres décadas después de su nacimiento en New Haven, Connecticut, Estados Unidos, un comienzo algo tardío compensado con años de incansable creación en los años venideros, solo interrumpidos con un breve hiato que sirvió además para marcar un nuevo comienzo y una nueva forma de enfrentar la búsqueda de una misma idea, una misma sonoridad que atraviesa toda su vida. “I connect to the blues more than anything, even though I don’t sound real bluesy. It’s where I come from and it’s who I am”. Han existido desde entonces muchas canciones compartidas, encuentros con artistas que de una u otra forma se aproximan a su figura, gente como Keiji Haino, John Fahey, David Grubbs, Darin Gray, Alan Licht, Jim O’Rourke, Christina Carter. Y también han existido voces que han acompañado sus partituras espontáneas: primero Kath Bloom y luego Suzanne Langille, su pareja desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la mayor parte de ellas solo tiene como compañía el espacio que queda entre él y quien escucha, un vacío ocupado por otra clase de voz, una voz inmaterial. El sonido de un alma espectral.

Asumiendo una no tan nueva forma de enfrentar sus trabajos, la mayor parte de sus nuevas publicaciones tienen una misma forma, cual es la de recoger en cintas grabaciones registradas en tiempo real frente a una audiencia en espacios relativamente pequeños. No son reinterpretaciones de canciones de ayer. Nunca lo han sido. Son improvisaciones en vivo, materia oscura donde se generan en directo nuevas creaciones. Desde bastante atrás en el tiempo que suele producir arte sin que este sufra ninguna manipulación posterior. Siempre ha sido así. Las piezas surgen de manera casi silvestre, sin que nada que pudiera provenir de otro sitio altere ese carácter prístino. Puede ser una habitación vacía como una sala con otras almas presenciando la materialización de una obra frente a sus ojos. Es esta última forma la que han adoptado varias de sus últimas publicaciones, como “A Fire” (Family Vineyard, 2013), como “The Light Of The Crescent Moon” (Five Minute Association, 2009) y como este mismo que tenemos en nuestras manos. Desde Fujisawa llega una de las últimas grabaciones de Connors a través de Analogpath, “a record label for analog sound”, sello que ha publicado material de, entre otros, Celer, Brian Grainger, Fabio Orsi, Sparkling Wide Pressure, Stray Ghost, Pillowdiver o Spheruleus. Desde Japón es entonces que tenemos la suerte de poder escuchar un trabajo extenso del músico norteamericano, siendo la comparecencia de otras personas en el momento de su gestación un hecho circunstancial. “My Brooklyn” es una ocasión más de poder sentir la fuerza incontenible de Connors, otra ocasión de ser absorbido por la vorágine de ruido y silencio, por los acordes sin forma y el espacio que queda entre las notas, cuando se asoman esas sensaciones fantasmagóricas. El título es además una especie de homenaje a un lugar, al hogar que acoge a su esposa y él desde hace bastantes años. Existen muchas obras que él ha dedicado a su entorno, lugares olvidados, calles cubiertas de suciedad e historia enterrada, al pasado suyo y de su propia genealogía, a su herencia extranjera manifestada en pequeños tributos. La referencia a Brooklyn no es, por tanto, gratuita. Además, es cerca de esas cuadras donde este disco fue registrado. “My Brooklyn” son tan solo dos piezas de dos momentos particulares de aproximadamente dos y medio años de antigüedad, instantes registrados en salas cuyas paredes devuelven el eco de la guitarra impulsada con una energía misteriosa. Una es The Stone, la otra Zebulon, ahora cerrada, sitios los cuales Connors convierte en una habitación sin luz de sonidos impredecibles, una zona donde en medio de la nada eclosionan notas desperdigadas de manera aleatoria aunque siguiendo una suerte de orden forjado de forma anónima. Es una música inédita, pero los rastros de su pasado afloran en cada segundo, su firma surge inmediatamente apenas las cuerdas comienzan a rasgarse sin que se pueda diferenciar donde termina el cuerpo y donde empieza su sombra. “Loren Connors At Stone Jan. 07. 2012”. Enero 7 de 2012. Dos notas que se repiten igual número de veces. Luego, un quiebre. Nada es igual, nada será igual. Todo es parte de lo mismo, todo lo recuerda a él. Una actuación relativamente breve sirve como escenario para desplegar los acordes indefinidos. Es el sonido fantasmal que emana de su delgado cuerpo, de sus estrechos dedos. La carne que rodea sus huesos se mueve con una tranquilidad insospechada a veces, otras con una violencia única. Son diversos estados que cruzan esta primera pieza, desde esos sucintos apuntes de sus composiciones más efímeras hasta el vigor y la urgencia de sus registros más oscuros. Son armonías irrepetibles que son parte de una misma obra que se repite como un loop desde décadas, desde siglos, y el eco interminable que es la compañía de estas composiciones solitarias. Y está el silencio, el que forma puentes entre los distintos puntos aislados. Esta es una arquitectura libre, una estructura abierta que aún en los segundos de mayor exaltación conserva un ánimo reflexivo, una poesía melancólica y también una energía que traspasa la distancia temporal. Su música tiene una forma, aunque indeterminada, una substancia que se apodera de lo que ronda en el instante de ser reproducida. Es una sensación extraña. “Loren Connors At Zebulon Feb. 26. 2012”. Febrero 26 de 2012. Un mes y medio después. Casi veinticuatro minutos, casi igual que la anterior. Entre los diálogos de la gente comienza a asomar la guitarra de Loren. En realidad una manifestación de ella, temblores de electricidad suave. Son luces que tiemblan en la noche, estrellas que tiritan mientras mueren y los cometas iluminan su camino. El ruido de su guitarra son las estrellas, él el quien ilumina su deceso. Otra forma diferente de afrontar aquello llamado blues, una forma etérea. Cuerdas de metal que generan una distorsión contenida, una reverberación constante y una estela inquieta de sonidos que tienen un reflejo inmediato después de fallecer. Es un instrumento que produce luces y un espejo que reflecta incansablemente su sonido. Y entre los surcos se manifiesta una tristeza contemplativa, esa belleza triste que muchas veces brota de manera natural en sus piezas. Alguien puede reír pero no borrar la pena interior. La vehemencia sucede a la calma, para retornar sobre un punto muerto. Luego, las manos que tantos acordes han creado, vuelven a generar unos estertores diminutos de gran emotividad, hasta desaparecer en medio del murmullo.

La figura de Loren Connors se desdobla al momento que toda su materialidad se expresa a través de notas esparcidas sobre un espacio vacío, incorporando ese espacio en su sonido, integrando el entorno en sus armonías de belleza indefinida. Y ese desdoblamiento provoca que de su cuerpo surja otra forma de expresión, una materia real pero inaprensible. “I have a great love for the physical. I don’t reach for the spiritual – if I reached for that, I wouldn’t get anywhere. I don’t know what spiritual means. But once you understand the physical, everything else falls in place. The notes are physical, the instrument is physical, the eardrums are physical, the motions are physical, the soul is physical. We live in a physical world. Music has to have blood in it”. Loren Mazzacane tiene tímpanos, sus movimientos son físicos, hay sangre que fluye por sus arterias. Y, sin embargo, su proyección está en otro plano. Su existencia cuando integra su realidad con el sonido que es expuesto desde él parece más una apariencia de una fisonomía tangible, una presencia metafísica. Así son los temblores generados en tiempo real de “My Brooklyn”, así es su blues ambiental, así es su ruido espectral.

www.analogpath.com, www.fvrec.com/lorenconnors

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