Hawái.


286. The Falling Rocket + The Sad Mac
noviembre 1, 2013, 2:20 pm
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The Falling Rocket + The Sad Mac 01

STEPHAN MATHIEU
»The Falling Rocket«
»The Sad Mac«
SCHWEBUNG. 2013

“Inflamándose como una antorcha helada, la pluma de Encélado brilla en la luz del sol dispersa, mientras la luna arroja una sombra sobre el anillo  E de Saturno”. El ritmo del alemán Stephan Mathieu es el mismo que el de un astro dibujando una órbita en el cielo. No importa la velocidad de su movimiento ni lo acelerado de su trayecto, desde la distancia siempre parecerá que su desplazamiento se desarrolla a un ritmo estancado, mientras vemos como su enorme brillo, como su radiación solo son pequeños temblores de luz inestable, desde la lejanía inconmensurable del vacío. Esa aceleración implica que hasta hoy ya hemos podido escuchar otros dos extensos trabajos suyos, “Wandermüde” (Samadhisound, 2013) [238], su fascinante reconstrucción de la inmensa obra de David Sylvian, “Blemish” (Samadhisound), además de “Un cœur simple” (Baskaru, 2013) [259], aquellos “sonidos recogidos desde los archivos encerrados en el tiempo, y sometidos a una manipulación que parece actuar por si misma, música que fluye como una materia viva a través de la oscuridad… Una obra que, por medio de su proceso de absorción, debilita el sonido. Pero, en lugar de extinguirlo, lo convierte en una inacabable fuente de energía, infinito resplandor espectral”. Múltiples sonidos esparcidos en la oscuridad abismante, trasladándose sin contemplar ni tiempo ni espacio, una espiral del ruido y su desdoblamiento.

Cada vez más inmerso en su propio universo ralentizado, Mathieu vuelve a fabricar o, más bien, a descubrir entre las capas de suelo fosilizado brillantes opacos incrustados sobre carbón resplandeciente. “The Falling Rocket”, nueve piezas y ochenta y dos minutos de electrónica acústica desplegadas como largos trozos de ruido fragmentado, sonidos extendidos de estática temblorosa. La fuente de estos sonidos: Farfisa Pro 110, Farfisa Vip 233, Hohner Elektronium and radio. El cómo esas fuentes se transforman en lo que podemos percibir, el cómo se pierden en un un vórtice envolvente es un misterio aún no resuelto. Las imágenes del impresionante artwork de Caro Mikalef que acompañan esta edición digital –24Bit/48kHz FLAC– muestran rocas que pierden sus formas en color negro y blanco. En las nueve páginas de este PDF parece que el suelo se desvanece en un fondo oscuro, y la materialidad sólida se convierte en mercurio derretido, una materialidad líquida. En el mismo plano de transformación de lo físico, el ruido original se disuelve como si fuese un elemento de estructura débil expuesto al calor incandescente. Las notas imperceptibles se entrelazan con el ambiente exterior, formando una masa uniforme que se mueve lentamente, avanzando como una nube de electricidad transparente que va devorando el espacio que lo rodea, atrayendo hacia su núcleo infinito los sonidos que se aproximan a él. La quietud no impide la atracción inevitable. “All audio is performed in realtime”. El aura que comprime los vértices opuestos es un virus con vida propia, infectando las partículas más mínimas. Las melodías de color grisáceo y de superficie rugosa van adquiriendo una textura más lisa, pero que de todas maneras puede herir. El silencio se torna pausadamente en notas invisibles, ocultas tras la energía que desprende este oscuro virus de luz radiante. “Lacaille 8760” resuena hasta los lindes inexorables, perdida en la confusión desconocida. La lentitud no logra borrar los estertores que se mueven en un plano posterior, apenas distinguibles bajo la tela de electricidad y misterio. Cada milímetro de sonido que avanza es un instante más para desaparecer entre las armonías difusas. Cuando apenas y traspasamos el límite que separa la primera de la segunda pieza, ya estamos sumidos en su maravillosa depresión vertical. Las arrobadoras notas de “Keid” producen un estremecimiento que supera sus propios bordes. Con la misma Caro (ebowed Phonoharp) interviniendo no solo desde las formas sino que también desde su interior, su imperio alcanza hasta lo corpóreo: el poder físico de la música se extiende por sobre lo audible, llegando a alterar materialmente la realidad por la que se propaga. Un poema de electroacústica translúcida de oscura belleza. Un punto que avanza hacia una horizontal que asciende en vigor y estruendo con “Gliese 229 B”, con su enorme ruido abrasivo y, aún más con “55 Cancri”, cuando el sonido forma una compleja red intrincada en el aire, como un mapa digital de vectores eternos que se cruzan entre sí, produciendo un fragor multiplicado al cruzar sus direcciones contrapuestas. “Deneb” es la pausa relativa, la que además contiene una composición de Thomas Weelkes, ‘Fantasy For A Chest Of Six Viols’, extraída de una grabación de 1929 de la familia de Arnold Dolmetsch. Otro momento de treatralidad silente, una balada fantasmal de acordes encantados y el recuerdo de un pasado que persiste como una presencia ingrávida. “IK Pegasi”, junto a “Teide 1”, retoman la espiral de estruendo incesante, y el negro cubre cada rincón por el que se expande su materia viral. El murmullo estático produce un temblor que excede sus bordes, extenuando las notas que yacen dentro suyo, expulsando un volcán de ruido e incandescencia: los cuerpos fosilizados son ahora una lava gris sobre el suelo que quema la piel. “Cha 110913” limpia las cicatrices que dejaron los ríos de fuego líquido, y “Kepler–11” se deshace en la pureza blanca de sus tonos de inacabable cromatismo nebuloso y su permanencia infinita. Cuesta salir indemne una vez que se ha entrado en su bucle y, sin embargo, ese daño conlleva también una limpieza, una suerte de despojo de aquellos remanentes innecesarios. Ahora bien, el trayecto inclinado y descendente de “The Falling Rocket” se inició hace bastante tiempo atrás, y hoy Mathieu aprovecha de recuperar uno de sus trabajos más recordados, un punto de inflexión en su cuadro histórico.

Grabado entre el verano de 2001 y 2004, “The Sad Mac” fue originalmente publicado en el invierno de ese mismo año por medio de la editorial de Tokio Vectors–Headz. Como señaló Dan Warburton (ParisAtlantic 2004), “Mathieu muestra que el más funcional e impersonal de los instrumentos musicales, el laptop, es capaz de producir obras no solo de una gran belleza, sino que también de una poderosa y misteriosa emoción”. Utilizando su propia plataforma es que ahora Stephan restaura ese trabajo a través de Schwebung, en una edición digital de archivos de alta resolución y con un nuevo y maravilloso arte a cargo de, otra vez, Caro Mikalef. Ya, diez años atrás, se pueden vislumbrar las señas de identidad de la obra artística del músico alemán, sus notas espectrales de acústica descontinuada navegando entre mareas de electrónica invisible, un paisaje horizontal de poesía digitalizada que se nutre de instrumentalidad en extinción. Este es un capítulo mayor dentro de la música moderna que, paradójicamente, reutiliza medios de siglos anteriores. Son muchos los actores que intervienen, jugando diferentes roles, todos absorbidos por la estática atrayente de su sistema audible. Primero serán los diez segundos de “Anakrousis”, empleando discos de Janek Schaefer –solo recordar “Remain” (LINE, 2011) [138], su reelaboración de esa inmensa obra de Schaefer, “Extended Play [Triptych For The Child Survivors Of War And Conflict]” (LINE, 2008)–. Luego, más de diecisiete minutos de inmersión profunda en la electrónica difusa de “Theme For Oud Amelisweerd”, grabada en vivo en el Ex–Centris Cinema Center, Montreal, en mayo 30 de 2002, y basada en fragmentos de sonatas para violín de Friedrich Händel. Aquellas notas que se pierden en sí mismas se desvanecen paulatinamente, desviándose de su linealidad hacia el vacío inexplorado. Una viola y un clavicordio ingresan en su mecánica de ruido, y son devueltos como un hermético haz de luces, alcanzando niveles de religiosidad inmaculada. “Nibbio”, “Smile” e “icredevirrA”, las tres son parte de ‘Un oceano di milione di particelle’, soundtrack de una exhibición de la obra como pintor e inventor de Leonardo da Vinci, presentada en el UNESCO Cultural Heritage Völklinger Hütte, en Alemania. Todas estas piezas parten de una textura orgánica y sonidos que tiemblan mientras repercuten en la madera ancestral que sostiene sus cuerdas, retornando sobre ese mismo punto, reflejadas en un cristal que distorsiona las formas, alargando sus figuras. Las armonías conservan su espiritualidad pretérita, pero a veces se extravían, fugándose aún más hacia lo inmaterial. “Tinfoil Star” también posee ese carácter, de misticismo manipulado a través de circuitos, recorriendo flujos de silicio, entre cables que transportan sonidos inmemoriales, mientras que “Tinfoil Star (Recording Angels)” parece registrar, más que ángeles, espíritus fantasmales. La claridad de la luz solar se filtra por entre las ramas de “Luft Von Anderen Planeten”, con la pureza de sus tonos prístinos, y con la participación de su propia hija, Eva-Lucy (radio, cooking, singing), y Derek Holzer (starfield recordings). El piano trae un remanso y una calma reparadora. “Imagination” y su sobriedad se posan sobre el estremecido suelo, un par de piezas antes del cierre entre la obsoleta instrumentación de “End Titles (150pt)” y el crepitar del plástico incendiado.

La marca presente en “The Sad Mac” permanece imborrable casi una década después de su publicación. La tinta de su huella sonora sigue indeleble con el paso del tiempo, no siempre generoso. El esplendor de su brillo acústico sigue dando destellos de luz cegadora, replicándose en buena parte de su obra posterior, cada vez más depurada. Tal es el caso de “The Falling Rocket” y sus notas estancadas en la estática del sonido impenetrable. Y aquella dualidad de luz y oscuridad continúa envolviendo sus enormes piezas de electrónica acústica y ruido estremecedor, ahora convertidas en lava de opacidad ígnea e inestable. Un virus regenerativo de los tejidos que cubren los contornos borrosos de estas estrellas desfallecidas.

www.schwebung.com, www.bitsteam.de

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