Hawái.


263. Nocturnes
agosto 1, 2013, 12:00 pm
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Nocturnes

WILLIAM BASINSKI
»Nocturnes«
2062. 2013

“Memories are loops, our memories are made of loops”. La memoria, nostalgia, eventos acaecidos en un pasado que se niega persistemente a ser relegado al lugar que le es propio. La obra del artista William Basinski constantemente fluctúa entre el ayer y el presente, a veces sin que se pueda distinguir de forma clara el tiempo y su contexto. En realidad, parece que todo pertenece a un mismo tiempo y lugar, que por una extraña razón sigue detenido mientras la historia avanza, como un loop que se repite insistentemente, constantemente emitiendo un flujo de energía desfallecida. “Es lo que me sucede que resuena y se introduce en los loops. Sigo siendo yo después de veinticinco años, y me gusta lo que me gusta. Un accidente ocurre, el lado opuesto de la cinta que estoy usando sucede que tiene una especie de espectacular accidente, yo me percato de el, y lo voy a usar. Con los nuevos loops que estoy creando aún serás capaz de decir que soy yo”. Hace más de cinco años que una obra integra en donde fuera únicamente él el protagonista no se nos presentaba, lo cual no significa que William estuviera ausente. A principios de esta temporada, nada más, apareció su segunda colaboración con Richard Chartier, “Aurora Liminalis” (LINE, 2013) [241], un disco donde “la belleza de la materia extenuada persiste inalterable, en forma de fantasmal melancolía. Lo inmaterial se vuelve tangible, y las partículas elementales de electrónica transparente acaban desintegrándose por una nube de delicado ruido espectral, luz liminal”.

La aurora liminal es ahora esplendor nocturno. “Nocturnes” se compone de dos largas piezas, una más reciente y, la principal, de hace más de treinta años. Las dos fueron vistas por William como unidas misteriosamente, y es así como el factor temporal no tiene cabida acá. Partiendo por el presente más o menos cercano, “The Trail Of Tears”, ‘tape loop and delay recording from 2009’. Esta pieza de veintiocho minutos fue comisionada por Robert Wilson para su ópera ‘The Life And Death Of Marina Abramovic’. Un extracto de ella es presentada en la obra, en una de sus escenas. Acá, el cuadro esta completo. Esas notas de piano que pausadamente se van diluyendo se repiten una y otra vez, incansablemente. Una especie de letargo invade la música que se arrastra por el suelo casi sin poder levantarse. A pesar haber sido compuesta hace tres o cuatro años atrás, la sonoridad característica de todo su cuerpo creativo permanece intacta. “Sigo siendo yo después de veinticinco años”. Mientras las notas siguen su martirio por el camino del cromo, un virus lo va destruyendo por dentro, y la orquesta de sonidos puros se transforma en una orquesta de sonidos carcomidos por entidades vivas que habitan al interior de una máquina desfasada. El piano fantasmal es ahora un ruido que tiembla, que resplandece como una estrella muriendo a millones de años luz de nuestro hogar: supieran ellas que su muerte es nuestro brillo en las noches. Cuando la mitad del camino ya está recorrido, los rastros iniciales se han perdido en las olas del recuerdo fugaz, pero la misma sensación perdura en el aire, fija, adherida como la humedad en las paredes de concreto en una habitación añosa. Esa sensación toma diferentes cursos durante su viaje, desviándose de su sueño inquieto y de constante movimiento y tristeza, a pesar de la tranquilidad sobre la cual reposa la música. El rastro de las lágrimas marcha lentamente por la piel mientras el rostro que las cobija tirita a causa de su pena. Eso sucede en la segunda mitad de este trabajo. La primera, “Nocturnes”, ‘dark, suspended and formal early prepared piano and tape composition from San Francisco period c. 1979–80’. Desde los archivos ocultos en una carpeta por décadas, surgen nuevas cintas restauradas, nueva piel digital para la vieja ceremonia analógica. “El modo en que el espacio se abrió fue un misterio. Estaba experimentado con el piano y con cintas, tomando ciertos trozos y cortándolos… Fue una pieza problemática, habían algunas cosas que incluí que siempre pensé que eran un error, y nunca las arreglé hasta ahora. Normalmente, trato de arreglar las cosas que no me gustan en una pieza, pero además intento ser fiel a ellas. En ‘Nocturnes’, originalmente, había un error obvio que necesitaba ser arreglado, así que ahora que puedo editarlo digitalmente puedo volver y ajustar esos pequeños trozos que no pertenecían a ella”. Los pequeños trozos son ahora cuarenta y un minutos que se disgregan a medida que avanzan pausados los segundos, estirados más allá de lo habitual. El piano y sus notas, fragmentos corrompidos que forman una arquitectura que no obstante su historia, conserva la estructura de concreto y metal. La contaminación destruye su fachada, quedando en evidencia sus formas básicas, pero eso no quita que puede sostenerse por sí misma. Las notas se alargan durante minutos que pueden ser horas, y el flujo de partículas de audio contaminado continúa su curso. Entre las células vivas y el tejido muerto emerge un sonido profundo, una música con un atractivo poder que excede lo formal. Esta pieza y, en general, en la obra de Basinski, sus alcances atraviesan el umbral que queda encerrado en el mundo en el que nos presenta. Su poder es mucho más físico, más material. El ruido llega a deformar el entorno en el que sus archivos son reproducidos, deprimiendo las formas, alterando el espacio. Las notas suenan y se reiteran, y el ambiente exterior no es el mismo que un rato antes. Los trozos plegados lentamente se desfragmentan ante los oídos, modificados por la energía viral que se apodera de sus cavidades internas. La edificación permanece en pie, descubierta, exhibiendo sus cimientos al aire. Acá afuera, la atmósfera se torna más pesada, más densa, los muros pierden su inclinación. El ruido y su espectralidad incrustada en la memoria que se resiste a ser a abandonada sigue avanzando en su movimiento lineal e inestable. Y el piano eterno permanece danzando.

“La música es mística. Te da imágenes, emociones, va directamente a nuestro cerebro, nuestro tejido, nuestros huesos, nuestra memoria. Puede romper tu corazón o traerte lágrimas de alegría”. Más cerca de lo primero que de lo segundo, “Nocturnes” se infiltra en la memoria, el sueño recurrente de la vida, con toda su tristeza, mientras los fragmentos espaciados se siguen esparciendo en el infinito. Su murmullo y el temblor que yace en su interior se dispersa junto con su persistente nostalgia desvanecida.

www.mmlxii.com

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