Hawái.


259. Un cœur simple
julio 1, 2013, 12:20 pm
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Un cœur simple

STEPHAN MATHIEU
»Un cœur simple«
BASKARU. 2013

“Cuando fuí invitado por el director Christoph Diem pata escribir la banda sonora para ‘Un cœur simple’, tengo que admitir que esta obra no me era familiar. Una vez que comencé a leerla, estaba completamente consumido por la historia de Flaubert, después de cinco líneas. Una vez que terminé de leer la novela, por primera vez, quedé enfermo por dos días. Me afectó profundamente”. Desde hace más de un década que el alemán Stephan Mathieu viene despojando al sonido de toda artificialidad, recurriendo normalmente a tecnologías obsoletas y herramientas descatalogadas, aunque pasadas por un filtro propio de nuestra época, que no hace más que expulsar esos sonidos desde un lugar desvanecido en el tiempo y la memoria. Ya hemos sido testigos de varias de sus obras recientes, piedras opacas con pequeños cristales brillantes incrustados en su profunda oscuridad, desvirtuadas por el devenir de los días que se convierten en siglos. Aún resuena en las paredes derruidas las baladas espectrales de “Palimpsest” (Schwebung, 2012) [211], junto a Sylvain Chauveau. Y todavía se puede escuchar su reinterpretación de “Blemish” (Samadhisound, 2003), la obra de David Sylvian reconstruida bajo el nombre de “Wandermüde” (Samadhisound, 2013) [238]. En ese último trabajo pudimos observar como volvía a armar las piezas de una relación, un quiebre que ye es historia antigua. “Desprovistas del aspecto vocal, solo quedan los restos de una relación y el sonido que la acompaña. Y Mathieu vuelve a trazar líneas imaginarias en el espacio. Los haces de luz infinitamente delgados viajan a través de la oscuridad, armando una intrincada red de ruido que se alimenta a si mismo. En todo el disco hay una sensación de inestabilidad, las melodías dibujadas con la guitarra, a pesar de su poca movilidad, nunca dejan de temblar, y ese ir y venir es el que hace que su imagen sea borrosa”. A meses de quedar sumergidos en los profundos yacimientos inmateriales, se manifiestan nuevas piezas de arquitectura electroacústica.

Publicado por el sello francés Baskaru, “Un cœur simple” es la música para una obra de teatro adaptada de la novela del mismo nombre de Gustave Flaubert, originalmente editada en 1877, como parte del libro ‘Trois contes’. Y de nuevo, el tema del pasado vuelve a resurgir: una historia de más de cien años, una sonorización que recurre a artefactos fuera de uso. Escrito e interpretado por Stephan durante el invierno y primavera de 2010, entre su hogar en Saarbrücken y Buenos Aires, esta nueva obra, el noveno disco en solitario del alemán, es otra inmersión a oscuras en las inmensidades de lo desconocido. Columbia phonoharp, gramófonos, viola da gamba tenor, ARP 2000, computador, discos de 78 rpm, cilindros de fonógrafo. Al igual que el arte del disco, obra de Caro Mikalef, y en especial en el libreto de la edición (digital) de su propia compañía, Schwebung, las imágenes/sonidos rescatados del pasado son pasados por un cedazo que transforma su impresión original en visiones borrosas y reverberaciones veladas. El mundo pretérito en sus manos se torna un lugar que se desvanece cada vez que es contemplado. Tomando esos instrumentos, interpretando esos instrumentos más propios de un museo, y sometidos a un tratamiento digital, por un ordenador que intenta descifrar un lenguaje que le es ajeno, ese prístino ruido analógico es arrojado como ruido sintético que irradia luz opaca, abrasiva, irisada, inextricable, penetrante. Y, pese a usar restos de otras músicas, suena intensamente pura, incorrupta, como una celebración sacra, un momento de severa y austera religiosidad. Suena “Maison”, y se pueden percibir como las notas pulsadas sobre una antiquísima cítara atraviesan las paredes sintéticas, como sus desiguales figuras se entrelazan entre si, en medio de una especie de materia translúcida. A lo largo de todo el disco es posible presenciar completa esta materia es capaz de traspasar todos los restantes sonidos, como si no tuviera forma, como si no tuviera límite. Es como una tela ectoplásmica que atraviesa el cuerpo más allá de si misma, que persiste a lo largo y ancho de sus piezas, una inquebrantable sensación tenebrosa que rodea cada milímetro se sonido. Por cierto que se mantiene en “Mémoire”, pero en esta oportunidad aún más difusa que lo que era minutos antes. “Église” se equilibra sobre un tendido de electricidad mucho más delgado, y las notas se propagan lentamente, sin alterar su rumbo hacia lo desconocido. Poco a poco se va creando un aura mística y misteriosa. Ya en la mitad del corazón, esa aura ha inundado cada rincón por el que este ruido ha viajado. “Port” es inmensurablemente inmaculada, lo mismo que la leve estridencia de “Perroquet”. Y llega la siguiente pieza, “Devenir sourd”. Se oye un coro, una voz, un ser cantando desde el más allá, rompiendo la frontera que separa la muerte de la vida. Seis gramófonos de los años treinta colocados en el suelo, grabados con dos micrófonos, discos de 78 rpm con antiguos efectos de sonido, field recordings –animales, código morse–, dos de sus propias grabaciones, y otros dos discos de música restaurada: ‘Adieu m’amour’ de Guillaume Duffay, por La Société Pro Musica Antiqua de Bruxelles (1934), y ‘Tenebrae factae sunt’ de Tomás Luis de Victoria, por el Coro de la Capilla Sixtina (1924). Los espíritus sobrevuelan el cuarto, registrados por Stephan desde las sombras. Pronto, esas sombras irán cubriendo las voces con un fuerte murmullo maquinal. “Félicité”, en medio de aves, silbidos y acústica centenaria, se adentra en la campiña y la vida rural. Es además, la menos absorbida por la vorágine fantasmal que suele apoderarse de sus piezas. “Trace” esta hecho con grabaciones de 1999 con su sintetizador ARP 2600, momento en que resurge ese vórtice virtual, contaminando de gris desteñido todo cuanto se sitúa a su alrededor. Quince finales minutos de un cuadro desgastado por la edad indeterminada, emanando ese brillo opaco que consume hasta lo inextinguible.

“De hecho ‘Un cœur simple’ para mi es una obra musical muy triste y terrible”. Sonidos recogidos desde los archivos encerrados en el tiempo, y sometidos a una manipulación que parece actuar por si misma, música que fluye como una materia viva a través de la oscuridad. “Un cœur simple”, como las imágenes que la ilustran, es una obra que, por medio de su proceso de absorción, debilita el sonido. Pero, en lugar de extinguirlo, lo convierte en una inacabable fuente de energía, infinito resplandor espectral.

www.baskaru.com, www.bitsteam.de

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