Hawái.


253. The Biggest Lie In The World
junio 1, 2013, 12:20 pm
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The Biggest Lie In The World

HANGING UP THE MOON
»The Biggest Lie In The World«
KITCHEN. LABEL. 2013

Claro como la luz del día, fácil viene, fácil se va. Como una suave y fría brisa de invierno, desde las costas de Singapur nos llegan nuevas y delicadas canciones que traen humedad y días lluviosos, tal y como esta el clima en este lado del mundo. Pero, a la vez, abrazan con el mismo calor que una fogata en tiempos helados. La nueva publicación que viene desde Kitchen. Label, la número doce de su pequeño pero invaluable catálogo corresponde a un descubrimiento para muchos, un descubrimiento para mí. Hanging Up The Moon es el nombre de batalla de un músico iniciado en la creación de letras y sonidos desde hace un buen tiempo ya. A principios de la década de los 90 Sean Lam fue uno de los primeros en crear una banda en los libres terrenos de la independencia. Concave Scream fue su proyecto, el que mantuvo unos años. El resto del tiempo lo dedicó, lo dedica a su estudio de diseño. Primero fue Kinetic Interactive, luego Plate Interactive. Pero los sonidos, irremediablemente, siguen irrumpiendo en la cabeza. Para tratar de calmar esas ideas surge Hanging Up The Moon. Primero fue un trabajo homónimo, publicado en 2011. Dos años más tarde, acá lo tenemos, en la misma editorial de Fjordne y Aspidistrafly.

“The Biggest Lie In The World” son nueve pequeños movimientos que tiemblan sobre las tersas telas del folk más preciosista. Sonido, palabras e imágenes evocadas. Y a propósito de esto, inevitable es hablar sobre la envoltura que cubre estas canciones. El disco, un vinilo de 180 grms., el primero del sello, viene en un sobre de cartón blanco, en el centro de él una circunferencia perforada que permite apreciar una lámina de 12×12 pulgadas, numerada (solo 350 copias), con arte y fotografía del mismo Sean, una hermosa figura de una pequeña oveja sobre un fondo verde. Al reverso, la información y los textos exquisitamente dispuestos, con diseño de Kitchen.: el tipo, igualmente hermoso, la tipografía impecable. Como dije, imposible abstraerse de las formas que lo envuelven. El álbum, producido por el mismo y por Victor Low, y masterizado por James Plotkin, cuenta con unos cuantos amigos que lo ayudan a fabricar estas composiciones rurales, amigos como el mismo Victor (Affixen), Dean Aziz (Concave Scream) and Victor Low (Affixen) y, muy especialmente, Leslie Low, parte de The Observatory, una leyenda del psych-folk en esas tierras. La instrumentación es sencilla, lo mismo las canciones. Y, sin embargo, en un momento inesperado, en un lugar inesperado, emergen puntos que se desvían hacia esquinas mágicas. Son pequeños detalles, a ojos pasajeros imperceptibles. Pero ahí están, esperando a ser descubiertos. Un ruido diminuto, una voz desvanecida, una nota distinta. Todo sobre un paisaje bucólico, con la ventana mirando hacia el campo, donde los arbustos conforman un gran jardín natural. De igual manera, las piezas se desplazan lentamente, de forma natural, en los distintos colores que adquieren la vegetación silvestre durante sus estaciones. Eso como contrapunto a los textos, miradas a la (vacía) vida moderna. Quizás este viaje a las praderas sea una forma de escapar a esa vida, un acto reflejo. Lado I. “Blinkered eyes and stone of heart, what brings the news today?”. “Pedestrian” es la primera de las cuatro canciones de esta cara, que se inicia suave, lenta, como el despertar de una mañana que abre el día. Solo guitarra, bajo y los platillos. Segunda estrofa y recién comienzan a mover las extremidades, aunque con una agilidad aletargada. “Crowds of people pass, but no one’s looking back where they came. Climbing over one another, just to touch the sky, even though it’s just passing clouds”. En el cambio de la segunda estrofa al estribillo ocurre uno de esos cambios mágicos: el traspaso de un ritmo a otro, la voz de Leslie al fondo, como si fuese un fantasma, los coros formando figuras desmayadas. “Can you see it now? What’s lost along the way. Do you hear them now? Cutting through thr noise. Clear as daylight, easy come, easy go”. Guitarras, tambores, voces, panderetas, glockenspiel, madera sobre madera. “Tiny Movements”, poco más de tres minutos donde se despliega todo el verdor y la fantasía de una suite folk minúscula, que trae a mi memoria gratos recuerdos, rememorando a esa pequeña gran obra que es “Eureka” (Drag City, 1999), de Jim O’Rourke –es como presenciar el paso de “Prelude To 110 Or 220/ Women Of The World” a “Ghost Ship In A Storm”–. “Last Call”, esta vez con ukelele, mientras las palabras se evaporan: “Landscapes rushing by as boundaries disappear… All aboard…”. El paisaje es adornado con los mismos elementos, pero nunca es lo mismo, jamás igual. Son los eventos imprevistos los que persisten bajo la superficie. Landscapes, land escapes. “Throwing Stones”, el momento final esta cara, que parte de la lentitud y prontamente avanza hacia un dinamismo contenido, con las guitarras entablando un diálogo, entre la electricidad moderada y la orgánica delicada. Lado II. Cinco fragmentos. “Pandora”, el folk ancestral revisitado de manera que retrotrae hacia tierras encantadas y maravillosas, con un grado de oscuridad que tiñe de negro las ventiscas grises que soplan en su interior. “Now that the ships have sailed… Seeking shelter from the storm, looking at the apple on the tree”. Otra vez más, en el traslado de una frase a otra, de una oración a otra, ocurren instantes únicos. “Animal, but that’s not who we are, we are the plague”. “We Are”, encima de un manto de tranquilidad rota por la movilidad estática, con las raíces expuestas, la magia analógica descubierta a los ojos de la modernidad descarnada. Mientras la ciudad devora todo, aún quedan reductos de vida silvestre, los que plagan “Flock”, el hogar que debiesen habitar esos ojos vacíos, mirando la luz del sol, pero aún sintiéndose fríos. “Nuclear” nace en proporciones bajas, pero a medida que progresa comienza a crecer inusitadamente, entre timbales, triángulos y xilófonos de juguete. Otro de esos instantes únicos. El ruido crece y crece, como la hierba en invierno, hasta poblar todo el concreto. El ruido crece y crece, hasta estallar en la cara en la felicidad inventada, sobreviniendo como la tempestad sobre los muros del muelle. “A Distraction”, una huida instrumental, la única posible, en dirección opuesta al presente, en dirección a los campos floridos: miles de cuerdas, millones de instantes irrepetibles, en la mejor despedida. Folk eléctrico, ruido orgánico, el adiós a media hora y poco más de un escape a las montañas inhóspitas.

Los paisajes se abalanzan mientras las bondades desaparecen. “The Biggest Lie In The World”, la segunda entrega del proyecto de Sean Lam nos descubre nuevos parajes donde hermosas armonías se encuentran con melodías pastorales, exponiendo las mentiras del mundo, envueltas en piezas que arrullan el oído. Folk diseñado para redescubrir el amor perdido, música silvestre diseñada con la sutileza y el encanto habitual de Kitchen., una de nuestras marcas favoritas, que nos enseña a Hanging Up The Moon, una joya oculta desde los cielos de Singapur. Claro como la luz del día. Calor de luz de día.

www.kitchen-label.com, www.hangingupthemoon.com

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