Hawái.


251. Black Tie
junio 1, 2013, 12:00 pm
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Black Tie

SVARTE GREINER
»Black Tie«
MIASMAH. 2013

Aunque el infierno no exista, debe de haber un lugar que se debe de parecer bastante a las profundidades más alejadas de la luz, un sitio donde dios no se atreve a entrar, ni siquiera de reojo. Probablemente, ese reino de oscuridad sea más un estado del alma que un lugar físico. Sin embargo, nada de eso impide que imaginemos en nuestras cabezas la apariencia que este de debe tener, la estética del negro más hondo y profuso, las manchas y la suciedad en paredes alejadas de toda pulcritud. Y esa estética es la que durante años ha sido el retrato representado por el noruego Erik K. Skodvin. Lo fue en su anterior proyecto Deaf Center, y lo ha sido también en su desviación posterior. Svarte Greiner, la figura escogida para encerrar sus obras fuera del dúo, frecuentemente visitan sitios de luminosidad opaca. Primero fueron obras para el sello de John Twells, discos tales como “Knive” (Type, 2006) y “Kappe” (Type, 2009), las que contenían piezas de una poderosa densidad, a las que hay que agregar, muy especialmente, “Penpals Forever (And Ever)” (Digitalis, 2010). Y otra vez, tal y como siempre ha sido, la estética permanece en su propia editorial. El sello alemán Miasmah ha hurgado en esos lugares, removiendo en cada ocasión cualquier rastro de pintura blanca de todo lo que toca.

Recurriendo nuevamente a paisajes sombríos, la más reciente obra del noruego tiene como punto de partida una instalación para la cual el se encargaría de adjuntarle sus sonidos. Dicha instalación, de la artista también noruega Marit Følstad, tuvo como banda sonora los habituales quejidos auditivos de Skodvin, sumándole más dolor con otra composición en la misma línea. “Black Tie”, el número veintitrés en el catálogo de Miasmah, solo contiene dos temas, uno de veinte y otro de veintiún minutos. El primero de ellos fue el que finalmente fue utilizado por Følstad. “Black Tie”, la pieza, nace con un hombre tocando por largo rato una sola nota en el contrabajo, al mismo tiempo que podemos percibir el resto de sonidos que se generan en la lúgubre habitación en que este se encuentra. Ruido, ambiente y asfixia acústica. Lentamente, la única nota avanza y se repite, segundo tras segundo, situando el espacio más lejos, más allá de la claridad del día. Esa base inquebrantable pronto es amenazada por otras sonoridades, cuerdas que aparecen y se desvanecen, atacan y se pierden en la neblina. Y, como una masa de aire frío, por debajo del suelo comienza a surgir una espesa capa de ruido, una gruesa tela ambiental, electrónica orgánica destemplada. Esa tela va progresivamente absorbiendo los demás crujidos, corrompiendo el cuarto de estruendos comprimidos. Por la mitad del trayecto, aparecen de la nada unos latigazos eléctricos: metal negro, metal muerto ralentizado, suspendido en las horas bajas, colgando de los muros raídos que ahora son el antes cuarto solitario. Sobrecargas aletargadas sobrepuestas en las notas tristes y arcanas de la música clásica. El cauce solo retorna a su curso en los momentos finales, más limpios que antes. Sin embargo, las manchas nunca se podrán borrar del todo. Y aquella única nota entre el aliento de ese hombre solo se apaga. El otro tema sigue indagando en diferentes gradaciones del negro, cambiando la naturaleza acústica por una naturaleza de electrónica análoga. “White Noise”, a través de sintetizadores y drones flotantes, se adentra en las curvas aisladas de un punto perdido, hogar de almas perdidas. No hay estridencia, no hay fragor y, sin embargo, los túneles por los que la música se hacen cada vez más estrechos, cada vez más ensordecedores. El ritmo, que no lo hay, es extenuante. Los pasos lentos, que es la medida a la cual avanza, están fatigados. El dolor se va haciendo más sutil, a medida que los sonidos empiezan a envolverse en si mismos. El volumen decrece, nunca a un nivel cero. Pero eso solo es el punto de partida para una desviación en la ruta hacia ambientes mucho más sofocantes. Electrónica inmóvil y escarpada, ruido estático y distorsión reprimida, un intento de encerrar la luz y dejar que las sombras sean el nuevo sol.

Nudo negro, ruido blanco. Nudo blanco, ruido negro. Erik K. Skodvin y su ópera velada tiende un puente entre la luz y los espacios subterráneos. Bajo el cielo está el infierno. Bajo la música que acompaña los días claros está “Black Tie”, hundiendo el fulgor en una depresión sin fondo. Una representación de la estética de lo oscuro.

www.miasmah.com, www.miasmah.com/eks

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