Hawái.


250. Time Is A Mountain
mayo 1, 2013, 12:20 pm
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Time Is A Mountain

TIME IS A MOUNTAIN
»Time Is A Mountain«
HÄPNA. 2013

“Todo comienza con un sonido. El sonido de un sintetizador monofónico. Luego tenemos los tambores. Y aquello que une todo: el bajo”. Tres elementos, el tiempo y las montañas. Time Is A Mountain es un proyecto, otro más, que nace de esa otra cordillera de tres cumbres que es Tape, como también lo es Ohayo. De los estudios Summa, en Estocolmo, han salido unas cuantas y grandes obras menores. Inevitable es pensar y hablar de Tape. Su música, ligera y volátil, suave y acolchada, ha supuesto la formación de un género nuevo, propio, reconocible a distancia, que además se ha extendido a otros trabajos de la etiqueta Häpna. Obras como “Milieu” (Pana, 2003), “Luminarium” (Pana, 2008) y “Revelationes” (Häpna, 2011), también aplicable a “Tan–Tan Therapy” (Pana, 2007) y “Papa’s Ear” (Häpna, 2012) de los japoneses Tenniscoats, o a los discos de Sagor & Swing. Y esta nueva escisión, al tener las mismas raíces, irremediablemente caerá en sus mismas laderas.

Time Is A Mountain es una derivación que nace de la mente de Tomas Hallonsten, tecladista de Tape, a quien se le suma Andreas Werliin (Wildbirds & Peacedrums, Tonbruket, Fire!) y su compañero Johan Berthling (Tape, Fire!), tres de un trío perfecto. Y la música que emerge de manera libre de esa unión toma elementos del jazz, el post–rock, electrónica acústica, folk, pop de cámara, todo confluyendo en una rica y sencilla síntesis de sonidos que acarician las melodías, por más que en ocasiones las revoluciones tomen un curso más acelerado. Los componentes seguirán siendo más o menos los mismos, pero el orden se altera ligeramente. Con mayor frecuencia, serán las teclas pulsadas por Tomas las que guiarán los delicados movimientos ondulantes. Alrededor de ellas el resto se irá plegando, hasta formar un tejido orgánico, a veces más fino, a veces más grueso, pero siempre un tejido suave, útil para acomodarse a cualquier piel. “En la búsqueda de un pasado ausente. Tal vez un viaje a Italia en 1981. No, nunca fuimos a Italia. De acuerdo. Pero el color definitivamente es café”. Como muestra, “Zul Iwan”, una canción donde se oyen sonidos de otra galaxia, a los cuales prontamente se le agregan la percusión y las líneas del bajo usando solo dos de sus cuerdas. Pero es el teclado el que marca las directrices que guiarán la canción hacia rumbos desconocidos, pese a su simple estructura. Esa base, que solo sufre una alteración, se dejará manipular por sus casi siete minutos a los vaivenes de Tomas. A ratos suena como unos Tortoise más relajados. Esa es una muestra, al acabar el disco. Y hay otras seis más. “Clear Out Louds” es aún mejor que la anterior, otra vez con una configuración simple y sólida. El bajo que une las piezas, distinguiendo dos movimientos en su composición, con dos notas cada uno, con algunos pocos quiebres, casi imperceptibles. Por otro lado, la batería parte de forma sumisa. Pero, inmediatamente como los vientos indicarán otros destinos, su intensidad irá en aumento hasta estallar más allá de las nubes, no perdiendo el control, aunque sí elevando la tensión de una manera hermosa. Finalmente, todo decanta en la más tranquila de las aguas. Retrocedo por vez tercera. Todo comienza con un ruido encantador, al que le siguen unas capas casi ambientales de sonidos vaporosos. Y de repente, el nivel aumenta, y crecen los sonidos, y se desvían, y se cruzan unos con otros, y se genera distorsión. Y todo se vuelve un enjambre, una lluvia de miel. Y todo decrece, hasta tomar la forma de la siguiente pieza. “Wooden Keys” nace de un piano sintético que parece temblar, y unas notas que emiten silbidos, encima de una superficie que es calma, y es a veces una tormenta en miniatura. Más o menos lo mismo puede decirse de “Clavier”. Y sin embargo, no son lo mismo. Los ritmos cambian, y las sensaciones junto con ellas. “Magicien” es todo remanso, como me imagino sería navegar en bote por un lago cercano al Mar del Norte en verano, contemplando los colores en toda su magnificencia, a la naturaleza y toda su belleza cromática. “Tempi Campi”, al igual que como ya ha sucedido antes, inicia sigilosamente, y luego avanza hasta llegar a pequeñas explosiones contenidas, con Andreas jugando un papel preponderante en izar la crispación, en el lado opuesto a “Tunnels In Time”, la cual posee un tempo relajado, no lento, muy cercano al dub, próximo a “Zul Iwan”, cerrando el ciclo.

“Una infancia feliz. Un futuro promisorio. Y entonces ocurre una magia. Frases, ecos. Líneas expansivas que evolucionan y revolucionan… El olor del polvo y la electricidad… La fuerza del proceso colectivo”. Me gusta pensar en esas frases, esas dos últimas frases. La compenetración entre los tres ángulos forman una figura perfecta, amoldable a cualquier espacio, que destaca en cualquier habitación, como un mueble antiguo que brilla sobre el resto, como la madera noble que no deja de resplandecer. Por otro lado, como en muchas de las ediciones de Häpna, se huele el aroma de la tierra humedecida por la mañana estival. “Time Is A Mountain” emana naturaleza viva, madera, suave sol verano y verde invierno.

www.hapna.com

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