Hawái.


241. Aurora Liminalis
marzo 1, 2013, 12:20 pm
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Willliam Basinski + Richard Chartier

WILLIAM BASINSKI + RICHARD CHARTIER
»Aurora Liminalis«
LINE. 2013

Al poco tiempo de aparecer “Untitled” (Spekk, 2004), hace casi una década atrás, y cuando aún siquiera este espacio existía, de inmediato quede absorto en la densa atmósfera que en él se encerraba. Un par de composiciones lentas y aletargadas que reunían al creador de los loops de la desintegración William Basinski con el artista sonoro del minimalismo electrónico más puro Richard Chartier. Era una especie de encuentro soñado: por un lado William, músico y compositor con aprendizaje clásico, quien lleva más de treinta años creando sonidos a partir de archivos y tecnología obsoleta, transmutados en largas piezas de fascinante simplicidad, y misterioso atractivo, a quien unos años antes había descubierto escuchando, aún lo recuerdo bien, un extracto de “The River” (raster–noton, 2002). De ahí en adelante no hice más que hundirme en las cintas disgregadas, en las grabaciones corrompidas del norteamericano, como “Watermusic” (2062, 2001), “Melancholia” (2062, 2003), “Variations: A Movement In Chrome Primitive” (Die Stadt–Durtro, 2004) o “Variations For Piano & Tape” (2062, 2006). Por su parte, Chartier es un científico quien se ha esmerado en diseccionar el sonido hasta su punto más irreductible. Creando parajes que nacen en los interminables territorios de lo digital, su vasta obra conecta los puntos que existen entre el ruido y el silencio, acortando aún más la distancia entre el uno y el otro –“Two Locations” (Line, 2003), “Incidence” (raster–noton, 2006), “Untitled (angle.1)” (nonvisualobjects, 2009) o “Transparency (Performance)” (Line, 2011) [143] son algunas de sus muestras–. Aún cuando en esa unión se podía vislumbrar una cierta lógica, aún asi era una unión impensada. Pero una vez resuelto el enigma, la absorción de todo aquello que le rodeaba fue completa. Por ello fue que nos alegramos una vez que apareció “Untitled 1–3” (Line, 2008) [014], su posterior reedición con material extra.

Cambio de década, cambio de folio. Han pasado varias temporadas y aquel trabajo nos parecía una extraña anomalía irrepetible. Sin embargo, hacia fines del 2011 recuerdo leer en una de las cuentas de Chartier sobre el hecho que se encontraban trabajando en nuevo material. Es segunda mitad del 2012 y ya aparecen extractos del futuro disco conjunto en Soundcloud. Pero es recién hoy, febrero de 2013, que aparece “Aurora Liminalis”, la nueva obra integra luego de la larga espera. “‘Aurora Liminalis’ es una rica y nebulosa banda sonora, el equivalente aural de rastros ondulados de luz. Desintegrando cambios espaciales incorporando las distintivas paletas sónicas de ambos artistas para crear un lento y profundo decaimiento, un flujo… como una fusión de transmisión espectral”. Mientras que su primer trabajo reutilizaba grabaciones archivadas hace años, este es un disco totalmente nuevo. “Aurora Liminalis” esta dividido en tan solo uno, una sola y larga pieza de cuarenta y cuatro minutos y veinte segundos, donde no existe ritmo alguno, donde la estridencia es un concepto que no tiene cabida, donde solo existe un fluido de audio que transcurre incesantemente. No obstante, a pesar de su fragor bajo, posee una materialidad que excede el sonido. Como habitualmente sucede con la música creada por Basinski, el impacto de su obra llega a niveles físicos. Comienza a sonar, pero solo se oye silencio. Pasan catorce segundos y de manera casi imperceptible empieza a avanzar una delgada capa de ruido. Parece como el último estertor de una grabación que alguna vez fue limpia, pero de la que hoy solo quedan sus restos marchitados. No hay movimiento vertical, si hay movimiento horizontal, pero muy leve, tanto que ni se nota. Transcurren cinco minutos, pero con facilidad podrían ser veinte, cien, un día. De pronto, pequeños destellos se incrustan en la línea yacente, como luces parpadeando a velocidad baja. Un repiqueteo tibio viaja de un extremo del parlante al otro. Ya el ruido es extremo, dentro de los márgenes propios y autoimpuestos. El canto de un pez muerto se escucha muy a lo lejos. En realidad, cada elemento suena desde la melancolía más orillada, desde la distancia. Y el avance del ruido sigue su curso, inclemente, cada vez más fuerte, hasta declinar por un momento y estancarse entre planos de tonalidad microscópica. La estática que subyace bajo el manto de variabilidad leve continúa fluctuando inmóvil, y el poder físico de la música ya hace efecto. Cuando esta ya empieza a interactuar con uno mismo, progresivamente lo va absorbiendo. Las notas de estática contenida van envolviendo el cuerpo, rodeándolo pausadamente. La suciedad contamina la piel y luego los órganos, hasta quedar reducido uno a la nada frente a la inmensidad del sonido. Es poco más de la mitad del trayecto, y las direcciones van hacia Chartier. Aunque el uno se ve inmerso en el otro, y viceversa, evidentemente que uno logra percibir la marca distintiva de uno y otro. Ahora, el tono es el de los espacios donde solo puede circular la luz digital, pequeños hilos de claridad blanca en línea recta. De hecho, parecen dar destellos intermitentes, como conductos fluorescentes en mal estado. El sonido diáfano comienza nuevamente a recibir ondas de polución. El ruido es ahora subterráneo, como el sonido del concreto derruido. Durante unos instantes, la música pareciera captar como el tiempo va destruyendo la materia, como lo eterno se corrompe de manera inexorable. Y de nuevo las moléculas de resplandor van iluminando la sustancia inerte, sin poder ocultarla. Se suman elementos contradictorios, se unen en este poema ambiental en el cual donde entre la suciedad y la pureza emerge una cierta aura romántica. El polvo de estrellas extintas termina por disolverse entre los haces de luminosidad.

Mientras los cambios se suceden de forma sutil, en el fondo yace una superficie cuya tonalidad va de un gris oxidado a un blanco incandescente. Ambos músicos se funden entre sí: la orgánica accidentada de uno y la limpieza electrónica del otro. Mientras el tejido permanece en su quietud inquebrantable los fragmentos microscópicos se van incorporando a él, adhiriéndose a su amplia extensión y, al mismo tiempo, ese tejido que se recuesta sobre un plano irregular se va desfragmentando, perdiendo su identidad, como si con cada escucha esta se desgastara más y más. Pero la belleza de la materia extenuada persiste inalterable, en forma de fantasmal melancolía. Lo inmaterial se vuelve tangible, y las partículas elementales de electrónica transparente acaban desintegrándose por una nube de delicado ruido espectral, luz liminal.

www.lineimprint.com, www.mmlxii.com, www.3particles.com

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