Hawái.


236. Brick Mask
febrero 1, 2013, 2:00 pm
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B/B/S/
»Brick Mask«
MIASMAH. 2013

Gran parte de la imagen que desde fuera alcanzamos a apreciar de las producciones impresas con la marca Miasmah es de una coloración oscura. Eso por fuera. Una vez inmerso dentro de las profundidades que se encuentran más allá de su gráfica, nos damos cuenta que lo que se nos presenta como la forma es también el fondo. Lo exterior de acuerdo a la materia. No son muchas las ediciones que el sello con sede en Alemania publica al año, tres o cuatro cuando mucho, y cada una de ellas viene normalmente envuelta en fotografías o ilustraciones en tonalidades bajas, en el espectro más cercano al negro. Imágenes inquietantes de paisajes interiores que apelan a las sensaciones menos expuestas de la mente. Igualmente sucede en su música, bordeando los límites del metal, el jazz, el drone, el noise y la música de cámara. La última publicación, pese a tener unas extrañas imágenes en colores rojo, azul y amarillo, estas se ubican sobre un fondo negro, y su sonido toma muchos de los referentes habituales del sello.

B/B/S/ corresponden a las primeras letras de los apellidos de tres músicos que se reúnen en Berlín para dar forma a un proyecto cuya longevidad aún es incierta. Por lo pronto, solo tenemos este primer trabajo. ¿Y a quiénes corresponden esas letras? El primero es Aidan Baker, músico canadiense que crea atmósferas a medio camino entre el ambient y el metal más aislacionista. Sus incontables trabajos se nutren de largos paisajes de notas suspendidas, enturbiadas por mareas de lírica instrumental sucia y distorsionada. El segundo es Andrea Belfi, percusionista de quien solo conozco parcialmente su obra. Y el tercero es Erik Skodvin, ni más ni menos que el director de Miasmah, hombre inquieto quien, muchas veces escondido bajo el nombre de Svarte Greiner, realiza excursiones en los campos más helados del ambient, con una fuerte inclinación hacia lo desconocido y oscuro, en formas aún menos expresivas. El trío presenta a Belfi en percusiones, Baker en guitarra y bajo y a Skodvin en guitarra con arco. Cuatro temas donde un clima de aromas jazz es el que impregna a la mayor parte del disco, y sobre esa superficie es que se sobreponen las notas cuyas traducciones no existen. “Brick” parte de manera sigilosa, planeando el crimen desde las sombras. Es Andrea quien comienza a hilvanar ritmos, recreando la escena de un crimen silencioso. Poco a poco sus cómplices se irán sumando al plano. Las cuerdas sobre las guitarras suenan como cuchillos sobre una placa de metal frío, haciendo pequeños cortes en la piel de acero. Solo en la mitad de sus diez minutos es cuando el ruido comienza a crecer estrepitosamente. Las heridas de las cuerdas se hacen mayores. No hay acordes, no hay estructuras, solo un ánimo libre de lesionar. Tampoco es un gran estruendo de sonidos lo que provocan, sino que es hecho a distancia, ocultando los rostros. “Mask” eleva las pulsaciones considerablemente con respecto a la anterior. Además, acá es donde se perciben de manera más nítida la melodía, y donde esto se asemeja más a lo que debiera ser una banda, con los roles establecidos claramente: la batería sin ataduras, un bajo profundo marcando las dos únicas directrices y la guitarra trazando notas sin destino predeterminado. El ritmo vuelve a descender en “Plants”, y mientras más lento más sugerente. Pese a la tranquilidad inicial, en medio de los pasivos avances de la música es que corren como ríos subterráneos las sensaciones menos cómodas. Las síncopas incesantes no logran tapar la mugre que corre debajo de lo visible. Finalmente, “Mott” esconde entre el entramado de pequeños estallidos de los platillos, entre las finas capas de bronce, una malla de ruidos eléctricos que nunca llegan a explotar. Murmullos, quejidos, apenas los instrumentos susurran sus quiebres de notas, encerrando el espacio aún más, comprimiendo los seis lados que cubren una habitación hacia su centro. En ciertos momentos se siente el agobio, el no saber hacia donde exactamente se dirige todo esto. Siendo el armazón de las canciones bastante sencillo, la profundidad de las mismas radica en la interacción entre los ritmos, muchas veces hiperquinéticos, y las punzantes cuerdas: cuando hablan fuerte, dando espasmos, cuando actúan sigilosamente, insinuando los movimientos ejecutados con una violencia contenida.

“Brick Mask” es una obra para ser interpretada en teatro por actores muertos. En medio de las penumbras aparecen en escena las proyecciones de alguien que ya no es, y solo se reconocen por las sombras fantasmales sobre un fondo sin luz. Y debajo de los actores extintos, sobre una base de concreto derruido, Baker/ Belfi/ Skodvin y sus máscaras de ladrillos interpretando el ruido que guía hacia el abismo inclinado cuesta abajo del interior nuestro, al que nunca quisiéramos acceder.

www.miasmah.com

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