Hawái.


280. Disappearance
octubre 1, 2013, 2:20 pm
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Disappearance

RYUICHI SAKAMOTO + TAYLOR DEUPREE
»Disappearance«
12K. 2013

Sobre el suelo inclinado una suave piel blanca cubre la tierra. Las sombras alargadas indican las formas, su oscuridad sugiere el paisaje. Un refugio contra el inquieto murmullo incesante de las vidas que vinieron después. El frío glaciar ampara la soledad, invitando al aislamiento. La luz del sol envuelve el suelo débil, pero su calor no alcanza a quebrantar la tierna fragilidad. Sus rayos atraviesan el cielo, y su reflejo se ve multiplicado por un millón de cristales tersos, abrigando el territorio con una luz cegadora. Lentamente las horas avanzan, y la tibia temperatura va derritiendo la capa exterior de aquella piel, agua cristalizada que al romper su blanca estructura emite un pequeño ruido, solo perceptible en esta soledad del paisaje, la que actúa como una caja que amplifica las más minúsculas notas de ruido derretido. Extendiendo los hilos que se comenzaron a trenzar hace unos siete años atrás, esas fibras por fin se convierten en una red mucho más amplia. Finalmente, logran vislumbrarse los sonidos que nacen fruto de la unión de dos artistas del sonido menos evidente, dos músicos que coinciden en muchos momentos en la creación de armonías sugeridas desde los susurros que yacen dentro de ellas, en su corazón. Por un lado Taylor Deupree, cuya obra ampliamente cubierta en estas páginas virtuales recorre el rastro que las notas dejan sobre el suelo húmedo, exponiendo las texturas en su estado natural, el sonido silvestre. Por otro lado Ryuichi Sakamoto, solo revisado parcialmente. Sin embargo, las piezas que de él hemos observado son poseedoras de una abismante tranquilidad, un refugio silencioso esparcido entre las cuerdas del piano y las tonalidades electrónicas que se filtran entre la belleza acústica. Esta obra esta presente sobre todo en sus trabajos compartidos con músicos relativamente jóvenes, extraños que han entrado en él un hogar a compartir los sonidos discretos. El primero de ellos fue Carsten Nicolai –imposible es olvidar obras como “Vrioon” (raster–noton), “Insen” (raster–noton) o “Summvs” (raster–noton, 2011) [148]–, luego vino Christian Fennesz –tres trabajos, dos especialmente destacados: “Cendre” (Touch, 2007) [055] y “Flumina” (Touch, 2011) [176]– y, por último, Christopher Willits –“Ocean Fire” (12k, 2008) [023]. Cada uno de estos trabajos unidos conforman un cuerpo artístico único, con miles de vértices que descifrar.

El primer encuentro llegó con “Bricolages” (KAB America, 2006), disco de remezclas de piezas del japonés, donde Deupree fue invitado a modificar “World Citizen”, aquella maravillosa pieza elaborada junto a David Sylvian. La amistad siguió con la participación del norteamericano en dos de los proyectos de Sakamoto, ‘Chain Music’ y ‘KizunaWorld’, ambos como trío fabricados junto a Stephen Vitiello. La chispa inicial terminó de brillar definitivamente en abril de 2012, cuando ambos se presentaron en vivo en el club de John Zorn ‘The Stone’ en Nueva York. “Fue ese concierto el que plantó las semillas de ‘Disappearance’. Los tracks iniciales fueron grabados en el estudio de Sakamoto en Nueva York durante los ensayos para el concierto”. La música surge de la unión del piano y electrónica, en el caso de Sakamoto, y de sintetizador, tape, loops y guitarra acústica, en el caso de Deupree. Pero el resultado es mucho más que la suma de factores. Los rastros sobre el terreno esponjoso, el ruido de la nieve comprimida en la mano surge casi de forma mágica. Los rastros de electrónica natural se posan como una delgada tela de estática recubierta. Es el murmullo sintético el que cruza líneas imaginarias, trazando un mapa transparente. La melodía que subyace a este tejido espectral se va apoderando de la atmósfera que le circunda. Entre las grietas que generan vacíos quietos comienza a circular ruido ambiente y el crujir de la madera descomprimida por el calor. No es sino hasta que todo resulta absorbido por esta red invisible que las notas sugeridas aparecen tímidamente, entrometiéndose entre las grietas, casi al azar. Es en ese instante que la nieve y su prístino brillo queda expuesto. Son sonidos cazados de improviso, recogidos desde un lugar desconocido, los que adquieren un primer plano desde la sobriedad característica del músico japonés: son más los espacios que se quedan silentes que aquellos en que se percibe un movimiento invariable. En el entramado que se forma, los instantes donde esa magia se presenta están en ese silencio y lo que hay entremedio. Pareciese que todo permanece intacto y, a la vez, que todo se mueve: cada segundo es diferente al siguiente, cada milímetro es distinto del otro. Como contemplar el paisaje nevado: desde lejos parece uniforme, desde cerca se notan los miles de detalles que la adornan, un insecto caminando sobre él, un trozo de madera desprendido de su árbol, restos de un volcán que descansa. Han pasado diez minutos, y parece que el mundo exterior transcurre de un modo diferente que en el interior de “Disappearance”. La pasividad detallista de “Jyaku” invade más allá del espacio sonoro que la rodea, una quietud hermosamente plagada de imperfecciones. Las diferentes tonalidades de ambos forman un paisaje propio, desarraigado de cualquier otro que pudiera asemejarse. Sigo callado, y sigue también el ruido de la escarcha. Los murmullos del bosque salvaje se apoderan de “Frozen Fountain”: corteza resquebrajada y luz entre las montañas conforman las imágenes esbozadas por la pareja. Sin ser field recordings, la interpretación accidental parece ser grabaciones recolectadas en el campo helado, junto a la hierba oculta. Cada pequeño ruido, por minúsculo que este sea, se logra transmitir desde su lugar en la naturaleza hasta estos archivos comprimidos. Las cuerdas del piano, esparcidas en la amplitud de esta pieza, conviven con las ramas secas y el fragor de la espesura y sus discrepancias. Más o menos lo mismo que “Ghost Road”. Uno logra percibir que en muchos pasajes es Ryuichi quien se adapta a los terrenos pantanosos de Taylor, acomodándose a la electrónica silvestre de este. Sus notas a veces se convierten en un sonido más encontrado con el resto de los otros sonidos descubiertos aunque, de todas maneras, esas notas brillan por sobre las demás. Ha transcurrido la mitad del trayecto, y no nos podemos escapar de este viaje al interior del campo helado. “This Window” muestra cómo el viento golpea suavemente en el atardecer de los días junto a los climas que cohabitan en el cuarto donde fueron registrados. Ese ensayo, previo a su presentación, unido a cualquier otra explosión, por mínima que fuera, se convirtió en los esbozos que dan vida a estas hondas piezas. Todo aquello fue grabado y mezclado por Deupree, unido a las tonalidades propias de él. De ahí que el relajado tono de Sakamoto se vierta sobre el suelo de minimalismo fragmentado del director de 12k. La fragilidad artesanal se extiende hasta la totalidad de estas cinco piezas, la última de las cuales cuenta con la participación de Ichiko Aoba, de quien desconozco casi todo. El latido de si corazón se puede oír junto al latir imperfecto de quienes habitan con ella, lo mismo que su voz, tan quebradiza como una hoja reseca. Las palabras que apenas se le oyen pronunciar en “Curl To Me” exhiben solo un movimiento delicado de su voz, casi como si en ello la fuera a perder, al borde de quebrarse, protegida por el calor acústico que la abraza.

De un tono pacífico, pero a la vez lleno de imperfecciones que yacen bajo la capa de limpieza que se ubica encima de ellas, “Disappearance” crea un nuevo y particular paisaje audible. Aquella piel blanca sobre el suelo y sus minerales, aquel refugio se convierte en el escenario en el cual se recuestan los sonidos desplegados por las cuidadosas manos de Sakamoto y Deupree. El ruido de la nieve que cubre el terreno débil y el resplandor del sol sobre la escarcha configuran el paisaje de minúscula belleza contemplativa.

www.12k.com, www.sitesakamoto.com, www.taylordeupree.com


279. I Love You…
octubre 1, 2013, 2:10 pm
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I Love You…

OH, YOKO
»I Love You…«
NORMAL COOKIE. 2013

“En la mitad de la noche digo tu nombre. En el medio de un baño digo tu nombre. En el medio de un afeitado digo tu nombre. En la mitad de un sueño digo tu nombre. En el medio de una nube digo tu nombre. Oh Yoko. Mi amor te volverá loca”. Una de las canciones más sencillas, solo cuatro acordes insistentes, y a la vez una de las más hermosas declaraciones de amor sirve para dar identidad a un proyecto de electrónica casera que sorprende, de la misma manera, por su simplicidad. “Oh Yoko!”, la pieza final del “Imagine” (Apple, 1972) de John Lennon, es el nombre escogido por un dúo radicado en Japón, solo que eliminando el signo de exclamación final e introduciendo una coma entre las dos palabras. También es el motivo para impulsar una nueva plataforma, Normal Cookie, editorial artística con sede en Tokio y fundada el 2012, dedicada a publicar sus propios sonidos.

Oh, Yoko son Rie Mitsutake y Will Long. De este último sabemos principalmente por Celer, su proyecto infinito y sus incontables trabajos de sonidos paisajistas y la oscuridad que yace debajo de ese panorama. La muerte de su compañera Daniel Banquet–Long supuso un golpe fuerte, pero el ritmo de trabajo no se detuvo, sino que impulsó aún más nuevas ideas. Por su parte, Rie es una artista japonesa que comenzó a tomar lecciones de piano a los cinco años. Sin embargo, no fue sino hasta el año 2000, después de pasar por varias bandas, que comenzó a registrar sus propias canciones. Desde ese entonces, y bajo el nombre de Miko, ha publicado dos discos, “Parade” (Plop, 2008) y “Chandelier” (Someone Good, 2010). Luego de un single, “Seashore” (Normal Cookie, 2012), tenemos propiamente su primera colección de canciones de Oh, Yoko, catorce piezas de pop electrónico de fidelidad baja que se recuestan sobre un colchón de sonidos orgánicos, ruido de segunda mano y texturas análogas. “Grabado en Tokio con un montaje de instrumentos acústicos y electrónicos vintage, micrófonos clásicos, found sounds y juguetes, ‘I Love You…’ es la primera declaración de Oh, Yoko de la apertura de la creatividad en momentos capturados de un simple hogar y la vida en la ciudad”. La fragilidad se apodera de las armonías infantiles que recorren cada centímetro de este álbum. “I Love You…” es débil, y esa debilidad hace que los sonidos que en su interior habitan deban ser tratados con el mayor cuidado. Y esa es precisamente la forma en que estos acordes son manipulados, con la máxima atención y esmero. Electrónica hogareña recubriendo melodías de almíbar que se derriten en la boca como algodón de azúcar y colorantes. El estruendo de la vida urbana se encuentra con el murmullo que reside en un hogar ubicado dentro del caos de su arquitectura, la geografía agreste y artificial convive con la naturaleza aislada en un parque inserto en medio de bloques de cemento. El bullicio de las tardes y la tranquilidad de las noches cohabitan en este trabajo de tiernas piezas de estructura simple, adornadas con luces como las de un árbol de navidad. “Heaven’s Gate” resplandece con su electricidad en medio de la calma acústica y la respiración que sale de los pulmones de Rie. Las flores de fuego iluminan la panorámica azul oscuro, y la lluvia de estrellas deja su rastro borroso sobre una fotografía fugaz. Siguen las melodías reservadas, encerradas en las paredes de la habitación. “Toumei” apenas asoma la cabeza sobre el cuerpo. Sin embargo, minutos después “Grand Prix” trae la sorpresa de la mano de una caja de ritmos y la alegre efusividad que brota de sus circuitos. De pronto, sin quererlo, sin pensarlo, los pies marcan el tiempo. La timidez se vuelven sensaciones extrovertidas. Pop multicolor en movimientos circulares. El desplazamiento ondulado permanece pero desacelerado. “I Did This, I Did That”, sintonías cazadas desde las emisiones en aire y las palabras recitadas. Música espacial que parecen cristales cósmicos, justo en el vértice opuesto de la lluvia cayendo sobre el suelo asfaltado de “Song With Coyotes”, una canción con coyotes e instrumentos de juguete, folk adiestrado entre la humedad, como los sonidos ásperos de “Treehouse”, sonidos encontrados en su estado natural. “Daylight Lunch”, “Keio Line” y “Take-Off” se evaden en las armonías que se pierden en el cielo y sus bordes expansivos. El regreso al folk digital viene con “Boîte de nuit”, una balada minimalista tendida sobre electricidad fina, un puente de delgadas fibras que sostienen la melodía, tiritando mientras la voz de Rie pronuncia palabras que me son indescifrables en mi ignorancia, pero que me reconfortan como si me las dijeran suavemente al oído. Tras el breve quiebre de “Newsbreak”, “Radio Days” recupera la quietud en una pieza que apenas parece esbozada, otro momento de fragilidad con los susurros como protagonistas desde la distancia, los mismos de “Ice Skating In The Dark”, solo que intercambiando el atardecer por el amanecer. Rayos de sol sobre el horizonte despierta la vegetación que levanta sus hojas hacia el cielo. Las notas reiteradas que podrían repetirse por la eternidad tienen como acompañante a la suavidad expuesta con una claridad abismante, Miko y el canto amable junto a los paisajes luminosos. El folk estelar y el murmullo que desborda familiaridad esconden las melodías de exquisitez inagotable. Otra vez el sol oculta su brillo anaranjado, al mismo tiempo que las palabras descansan sobre las líneas horizontales de acústica digitalizada. “Love Song” se propaga indefinidamente con sus breves y esporádicos destellos.

“I Love You…” es una hermosa declaración de amor compartido que nos es entregada para que creamos que algo más es posible. De estructuras simples y acabados artesanales, estas canciones nacieron para ser amadas y tratadas con cuidado. Rye y Will nos muestran la intimidad de su hogar, y con ello el ruido doméstico que adorna sus habitaciones.

www.normalcookie.com, www.mikohere.com, www.thesingularwe.org


278. There Can Be No True Beauty Without Decay
octubre 1, 2013, 2:00 pm
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There Can Be No True Beauty Without Decay

ANTONYMES
»There Can Be No True Beauty Without Decay«
HIBERNATE. 2013

Un sonido distante logra escapar desde el aislamiento en el que se encuentra. El destierro parece ser su opción de vida, habitando en la lejanía más abismante. Ese ensimismamiento en el que habita despoja de todo adorno superficial que pudiera taparla. Pareciera que los remanentes que antes los cubrían les impidieran respirar con la libertad que le da esa soledad. Y, en ese exilio propio, la belleza surge en su estado más prístino. Algunos de esos sonidos han logrado escapar o, más bien, algunos de ellos se han filtrado, y algunas transcripciones en colores blanco y negro lograron traspasar las fronteras del encierro. El sello inglés Hibernate llega al medio centenar de referencias este octubre y, como una forma de celebrarlo, lanzan un nuevo trabajo con la complicidad de varios artistas afines a su estética distante.

Ian M Hazeldine es un artista proveniente de Hawarden, una pequeña villa en el Norte de Gales, con hasta ahora dos trabajos largos y otras tantas obras breves en sellos como Soundcolours, Cathedral Transmissions, Hidden Shoal, Time Released Sound y Rural Colours. Sus sonidos utilizan principalmente fuentes acústicas, las que son sometidas a una manipulación que las convierte en un ruido extraño, aislado de todo. Uno de ellos, el primero, fue “Beauty Becomes The Enemy Of The Future” (Cathedral Transmissions, 2009), una obra ya fuera de circulación, no así las piezas que contiene, revisitadas por el propio Ian, quien ahora las transforma en materia nueva e incandescente. Ese álbum es intervenido nuevamente, y lo que en él se encontraba hoy se pierde a la deriva, dejado a merced de las mareas que rodean la isla que son. A veces hasta que parecen ni siquiera pertenecerle siquiera a él. Antonymes, y el resto de invitados, les arrebata todo cuanto le rodea, llevándolas aún más hacia el interior, un terreno inextricable. Y en ese suelo baldío brota una belleza infinita, nueva, sus manchas destacan todavía más. El pausado movimiento del piano, las notas separadas con parsimonia, encuentran un abrigo en las cuerdas que repercuten con solemnidad. Las olas consumen lentamente los acantilados, y su sonido sitúa la soledad junto al frío mar, junto al ruido desgastado que yace en toda la extensión de esta hermosa pieza de música ambiental. “Means Of Escape [I]”, con el baño de sal y el clasicismo romántico limpian la piel de una forma única. Es tan solo uno de los capítulos, suficiente para provocar el deseo de alejarse. “Strange Light [II]” se prolonga hasta casi nueve minutos de insondable profundidad. La leve tonalidad acústica se extravía, pero no la emoción que reside en su interior. IAN HAWGOOD consigue ahondar en los rastros originales y perderse en ellos, lo mismo que ISNAJ DUI. Las notas desperdigadas quedan enterrradas por un ritmo que parece artesanal. Ecos de electrónica deteriorada mueven los acordes sobre la madera húmeda. “Forever Without Hope [I]” es música de enorme pureza, mucho más limpia que la reconstrucción de Katie English, con el piano desnudo y melancólico. “Misahapen Beauty [II]” se sumerge en la nostalgia y en el recuerdo apesadumbrado, contemplando el pasado con el deseo de retornar a él y cobijarse en su certeza, para apagar la luz de la vida con tranquilidad. SPHERULEUS parece encerrarla en un cuarto de máquinas y rodearla de metales oxidados: las cuerdas en sus manos se convierten en acero carcomido. La presencia de OFFTHESKY casi no se percibe y, sin embargo, su nueva construcción desde las sombras consigue renovar el gran poder evocador de la versión original. “Falling [II]” extiende los aires lluviosos de “Falling [I]”. La tristeza que anticipa el título de “Born Of Sadness [I]” parece más una sensación de amargura. Las notas que se intercalan entre si muestran el desgano, la belleza que decae a un pozo oscuro, pozo que JAMES BANBURY reduce a los acordes más explícitos. “The End Of Everything [I]” recupera el aislamiento, y las melodías diáfanas que se balancean dentro suyo conviven con las texturas desgastadas. Son dos niveles que subyacen en estas piezas: las armonías cristalinas y transparentes y el ruido áspero, fatigado por la memoria destrozada. Acá se aprecia claramente esa separación formal que forma una tercera capa de sonidos aislados. FIELD ROTATION en un momento los separa, pero cerca del final acentúa la unión de tejidos. WIL BOLTON retorna a la pieza inicial, solo que introduciendo unas heladas brisas marinas. El viento oceánico limpia la tristeza del suelo firme. “Strange Light [I]” de igual modo, en sus moldes primigenios, congela el cuerpo con el polvo y la arena ennegrecida purifica las heridas, cicatriza el dolor expuesto al aire. El orden de estas reinterpretaciones, las de sus amigos y las del propio Antonymes, es disperso, pasando de un lugar a su dirección opuesta. No obstante, todas comparten el alejamiento y el sentimiento de separación con la realidad, al lado de la solemne austeridad de estas hondas piezas de acústica ambiental.

Desolación y decaimiento, esta isla que es “There Can Be No True Beauty Without Decay” deja ver lo hermoso que puede ser el desarraigo. Las fotografías que ilustran estos sonidos escarpados contrastan con la suavidad orgánica de sus notas, todo desprovisto de cualquier remanente que impida ver el centro de sus melodías tristes. Una imponente majestuosidad ascética golpea las rompientes de ruido y belleza.

www.hibernate-recs.co.uk, www.antonymes.co.uk


277. Mitosis
octubre 1, 2013, 12:20 pm
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Mitosis

MOSKITOO
»Mitosis«
12K. 2013

Maravillosas partículas de colores verde y rosa, sobre un fondo impreciso. Desde lejos se ve una figura exacta, matemáticamente precisa. Una vez dentro de ella se logran distinguir las imperfecciones, los detalles de forma que se ordenan mágicamente en figuras circulares. Manchas de ruido digital incrustadas en tonalidades que se confunden entre si diagonalmente, un millón de minúsculos puntos cromáticos minuciosamente dispuestos que parecen fragmentarse un millón de veces más, ruido y pigmentación, error y tonos multiplicados. Sanae Yamasaki es una joven artista sonora y diseñadora gráfica nacida en 1978 en Sapporo, Japón. Comenzó a los diecinueve años a introducir sus tímidos sonidos con un pequeño teclado Casio y una guitarra en varios proyectos de su ciudad. Ya en 2005 comienza a desviar su camino hacia uno propio. Con el nombre de Moskitoo empiezan a crecer las semillas con los primeros sonidos de electrónica teñida de ruido orgánico. Dos años mas bastarán para que las flores ya hallan crecido, mismas que el viento que corre por el Atlántico las lleve hasta los oídos de Taylor Deupree, quien a través de su editorial publique “Drape” (12k, 2007) –más el EP anexo de “Remixes” (12k, 2007): cuatro canciones, tres de ellas remixes del mismo Deupree, Frank Bretschneider y Mark Fell–, instrumentos cotidianos, objetos y sonidos digitales para dar forma a una música encantadoramente sintética, infiltrada por tintes acústicos. Un precioso trabajo de electrónica doméstica que también significó un punto aparte para el label norteamericano. Entre los seis años que median entre esa primera colección y hoy su voz solo se ha dejado ver contadas veces, principalmente para Keichi Sugimoto (Fourcolor y FilFla), y también para Simon Scott, además de crear música para la aplicación de iPhone/iPad ‘Night On The Galactic Railroad’ de Kenji Miyazawa. Eso y el precioso 7” “Si Sol E.P.” (See Recordings Ltd., 2009), acreditado a Moskitoo × Sanae Nishio. Ha tenido que pasar el tiempo para poder escuchar una colección más amplia de sus dóciles canciones arrulladoras.

Las doce canciones que habitan al interior de este segundo trabajo parten, al igual que “Drape”, del ruido doméstico. Pequeños errores sumados a otros van conformando los esquemas sobre los que se construyen estas delicadas piezas, una piel artificial invadida de las imperfecciones humanas, desvanecidas como huellas en la bahía de las mañanas. Aún más que en el anterior, las notas se pierden antes que se pueda distinguir la materia de que están hechas. La arena y sus diminutas piedras, cubiertas de una capa brillante, reflectan la luz como pequeños cristales. El copioso polvo marino humedecido por la marea que se retira tan pronto como llega. Un cúmulo de sonidos, algunos de ellos ocultos, interactúan unos con otros, hasta que aparece su voz cristalina como la sal de mar. Líquido impregnado de arena, moviéndose vagamente sobre y bajo la superficie de sonidos. La melodía recubierta se hunde en el oleaje infinito, la textura de las palabras pronunciadas por Sanae cambia de forma, y estas se pierden y retornan sobre el suelo móvil. Las imágenes que resguardan estas piezas muestran lo que hay bajo ellas. Los cinco y medio minutos de “Wonder Particle” exhiben los rasgos de este trabajo que se duerme sobre los minutos que desde hace mucho no se reproducían, evaporando las notas. Los colores pálidos se ubican tras los colores vivos, formando una figura gastada por la manipulación diaria. Electrónica y pop se confunden entre sí, y lo que emerge de su unión es el extraño sonido familiar de “Trajectory”, tan solo un instante en el mundo, como hay varios en esta obra, tendiendo hilos entre los restantes momentos. La división de una célula en otro par idéntico de cromosomas es la inspiración para estas canciones que ven como sus partículas se reproducen. Glitches que repiquetean en el oído infiltrándose en las cavidades auditivas, multiplicándose una y varias veces. “Mint Mitosis” posee ese efecto, un lugar para repetirse y hundirse en él, en la magia portátil y la acústica de los objetos encontrados en la sala de estar, para descansar en su sitio. “Mitosis” es un disco de ensueño, y las notas son interpretadas por insectos que operan en el sueño. Canciones como “Micro Port” tienen ese aire onírico, somnolencia a la que invita el piano fantasma. Son tan solo dos las notas, muy próximas a las sintonías análogas de Ryan & Saville, la recreación del letargo de la campiña. Es común que la pureza del aire del campo produzca cierto sopor. Esa pureza oxigena muchos momentos de este trabajo, de ahí que el sueño florezca muchas veces. Eso ocurre cuando la reiteración de patrones que se pierden en sí invade los minutos de esta electrónica ligera, como “Fluctuations”. Sanae suena especialmente agotada, disipada por un viento cálido de octubre, el mismo que debilita los brazos y las manos que caen en él. La tibieza del sol de primavera cubre el ánimo extenuado. El panorama orgánico de una guitarra y la madera es influido por el ruido digital, pero el aroma acústico persiste, conviviendo las atmósferas opuestas, plegadas junto a la voz de Moskitoo. Es extraña la manera como los sonidos se agrupan, a ratos parece que cada uno va por su lado, y esa confusión tiene un poder arrobador. “Vulpecula” permanece en ese sitio desvelado donde las melodías se desmayan. Ese mismo desmayo recubre “Who Lives In The Skin Burn?” –ya presente, con otros dos temas más, en “Si Sol E.P.”– y, a la vez, conservando su frescura mentolada. “Taxonomy”, un nuevo hilo que une telas, adelanta a “Night Hike”, cuerdas templadas en el atardecer del día, calor crepuscular que como ninguna otra expone el interior de Sanae. Intimidad refugiada por los acordes desnudos y adornada ligeramente por una melódica y apuntes eléctricos. Quisiera poder pasear por esa vereda junto al sol descender. ”Fungi” une puntos de fibra óptica entre un vértice y otro, sobre un espectral piano situado en la lejanía. Los climas se cruzan en diagonal: “Fragments Of Journey”, una síntesis amplia de los colores esparcidos encima de la tela de blanco amarillento. De nuevo, quisiera perderme una noche en un bote a mitad del mirar, desde donde la ciudad solo son colinas estrelladas, un cielo de luces recostadas. “Astra” oculta lo que resta de iluminación bajo las olas azules, oscurecida por el murmullo de la ciudad. Y, aún así, la arena no deja de brillar en sus pequeños cuerpos.

La tela de hebras finas recibe con agrado las manchas verdes y rosadas, ruido digital enrevesado con armonías acústicas. Ha tardado seis largos años para que dejar que estas piezas crezcan, y con ello los puntos ínfimos que las componen se multipliquen en millones de trozos. Fragmentos de fragor dispersados en la playa del sonido sintético, manchas en la arena que desaparecen tan pronto se forman, y con ellas desaparecemos nosotros. Entre el brillo de sus cuerpos minúsculos, entre la frescura de las olas y el calor arrebatador.

www.12k.com, www.moskitoo.com


276. Machine Rooms + Sol Sketches Supplement
octubre 1, 2013, 12:10 pm
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Machine Rooms + Sol Sketches Supplement 03

MACHINEFABRIEK & SANJA HARRIS
»Machine Rooms«
KESH. 2013
MACHINEFABRIEK
»Sol Sketches Supplement«
2013

El ruido industrial se sumerge entre el suave ruido ambiental. El sonido que transcurre debajo de una fábrica se convierte en el trayecto que se desplaza con frío y misterio, recorriendo sigilosamente las notas que permanecen intactas. Esto es solo un intento de describir lo que es uno de los tantos proyectos recientes del holandés Rutger Zuydervelt, y que también puede servir para ilustrar de forma tangencial varias de las obras de este inquieto artista sonoro. Desde que comenzó a publicar sus innumerables trabajos, Rutger siempre se ha sentido vinculado al espacio que se concentra a su alrededor. Son muchos las piezas que utilizan el ambiente situado fuera de él, dándole un significado nuevo al espacio público y privado. Por otro lado, existe un cierto planteamiento formal que recorre su música, adaptando estos límites a algunas de sus obras. Siempre me ha parecido interesante las restricciones y el someterse a normas autoimpuestas, fijando uno sus propios límites e intentando sobrepasarlos sin tocar los bordes. Este es, a mi parecer, el trasfondo de otra de sus más recientes piezas, un añadido a un trabajo ya existente.

“En el año 2007 la imprenta Trouw trasladó sus instalaciones a Wibautstraat en Amsterdam. Después de eso, el edificio construido por Van der Broek se convirtió en un restaurante y sala de eventos”. Uno de esos eventos, ‘Hear It! #2’, organizado por el Museo Stedelijk, invitó al artista en abril del año pasado a “hacer algo” con una sala de máquinas del sótano. El resultado, ‘Kamermuziek’, una pieza que los visitantes podían escuchar mientras paseaban por sus calderas. “El sonido de las máquinas se mezclaba y entraba en un diálogo con la banda sonora reproducida a través de sus audífonos”. Otra oportunidad de poder intervenir la materialidad física más allá de su uso habitual. Rutger se introduce entre los metales por los que circula el aire acondicionado, extrayendo la música que circula por sus tuberías. Sin embargo, esa experiencia alejada de quien no tuvo acceso a las instalaciones reformadas, pudo ser extendida a los oídos de quien se encuentre a kilómetros de distancia. “Cuando visité por primera vez TrouwAmsterdam (como ahora se llama), tuve acceso a dos salas de máquinas conectadas. Debido a restricciones de seguridad, solo pude utilizar una de ellas. A pesar de mi gran interés entre los visitantes, muchos no fueron capaces de experimentar ese tour. La fotógrafa Sanja Harris fue una de ellas… Inspirados por el evento, Sanja y yo desarrollamos nuevas ideas para traducir la experiencia de la instalación ‘Kamermuziek’ a un trabajo que no estuviera restringido a la actual sala se máquinas. Amablemente, tuvimos permiso para hacer nuevas grabaciones de sonido y fotografías, lo cual resultó en un proyecto audiovisual”. La versión física, publicada por Kesh, consiste en un CD con dos tracks y un set de tarjetas con las imágenes tomadas por Sanja. Además, una serie de descargas que le agregan valor a este impresionante trabajo: dos remixes unidos a dos vídeos en Quicktime y un PDF con 34 páginas con aquellas impresiones captadas por el lente. Con la versión digital, podemos intentar ingresar en los pasillos subterráneos y recorrer las vías auditivas que subyacen en el calor artificial. El sonido que desde las maquinarias traspasa sus fronteras posee una naturaleza lineal. Un largo plano de electrónica transparente repleta de puntos microscópicos, que parecen manchas de óxido de un blanco quirúrgico. El ruido permanece estático la mayor parte del tiempo, pero intervenido por esos minúsculos enlaces unidos de forma invisible a lo largo de su prolongado desarrollo. “Machine Room 1” se inmiscuye en las habitaciones enterradas bajo el suelo, primero asomándose sutilmente, bajo un manto que cubre cualquier atisbo de estridencia. Lentamente, comienzan a surgir pequeños rastros de tonos más altos que aquellos que imperan en su inicio. El sonido envasado al vacío pronto deja ver como algunas manchas más visibles atraviesan su estructura minimalista. Las gotas de agua sirven para posicionar las notas inmóviles. Nada sucede desde lejos, millones de eventos surgen desde la cercanía, apreciables a corta distancia. Incluso, una melodía que parecía inapreciable se vuelve tangible, oculta tras el ruido sigiloso, escondida en el silencio bullicioso. Quince minutos al interior de los circuitos que sostienen el aire manipulado. “Machine Room 2” parte de las mismas premisas, pero notoriamente menos callado. Un proceso industrial distinto, dejando escapar las partículas de oxígeno de manera más violenta, aunque conservando la sutileza. El sonido es expulsado fuera de la cavidad que lo contiene, y pronto adquiere vida propia, siguiendo un trayecto por los reductos más inextricables. Las texturas de electrónica delgada ven como el espacio exterior a ellas contamina sus partículas que antes parecían inalterables. Lo que era ruido translúcido adquiere formas materiales, dejando de ser notas inasibles, pasando a ser melodías inestables con una ligera carga eléctrica. Son distintas variaciones de la electrónica horizontal, siempre con las manchas microscópicas de óxido de tonalidades clínicas. Las sensaciones auditivas pueden ser experimentadas visualmente: ambos archivos de vídeo contienen las mismas piezas, acompañadas de las hermosas fotografías de Sanja Harris, que introduce su cámara entre las paredes gastadas y el metal deteriorado. El norteamericano MARCUS FISCHER no hace mas que sumergir aún más las notas inmateriales de la primera pieza, cubriendo con una capa adicional de quietud y (neutralizando el movimiento pausado de los rastros originales. STEVE RODEN, por su parte, en un principio decide realizar una labor similar y destacar el perfil de silencio de “Machine Room 2”, inclinándose hacia los sonidos menos perceptibles. Toma sus sonidos y le borra los márgenes, quedándose con su núcleo más radical. Lo sorpresivo llega casi al final, transformando su pureza en movilidad electroacústica. El sonido se estanca en el vacío. La sala de máquinas sigue operando en las sombras.

A mediados de 2011 apareció un set de cuatro 10” con el título de “Sol Sketches” (Champion Version, 2010) [175], veintiún piezas que serían la banda sonora para un documental sobre el artista norteamericano Sol LeWitt –existe, además de su versión análoga, también una en CD publicada por el mismo Machinefabriek–, inspirada musicalmente por las composiciones de Morton Feldman y Alva Noto + Ryuichi Sakamoto. Ese precioso trabajo de minimalismo contemporáneo se coló entre lo más destacado de aquella temporada para nosotros. Sus esbozos quedan todavía repitiéndose infinitamente. Y de los muchos bosquejos que quedaron de ese momento de pasividad, ahora son expulsados otros veinticinco minutos, “un collage de música previamente no publicada… Un suplemento de ‘Sol Sketches’”. Cualquier excusa es suficiente para regresar a cualquiera de esos breves ensayos alrededor del piano, más aún si estos sonidos nos eran desconocidos y recién ahora ven la luz blanca. El arte minimalista de LeWitt tiene en “Sol Sketches Supplement” su complemento perfecto. Electrónica acústica y clasicismo digital, las notas pulsadas sobre el piano transmiten una purificadora sensación de tranquilidad. Una vez más, es el sonido limpio el que recorre los segundos y las armonías que se mueven a su arbitrio. Pareciera que son ellas las intérpretes, manipulando el tiempo y el espacio que queda entre los instantes vacíos, y no al revés. Un ejercicio ejecutado por Rutger con una sobriedad que abruma. Levemente estas notas ven alterado su orden, destrozando los instantes de sosiego. Pero, además de esa pureza acústica, fragmentos diminutos de electrónica microscópica se filtran por los poros orgánicos, estallidos ínfimos entrelazados en medio de las rendijas invisibles. Las semejanzas con la obra de la pareja estelar de raster–noton son evidentes, así como a las composiciones interminables de Kenneth Kirschner + Taylor Deupree. Sin embargo, eso no le resta valor en ningún caso. Son formas singulares, a veces repetidas, el arte como reflejo de la vida. Las notas saltan de un punto a otro, moviéndose incansablemente sobre un ritmo complejo de patrones indescifrables. Un sistema asentado sobre moldes que cambian constantemente y, en cada transfiguración, encuentran la emoción. Su tejido de fibra óptica traspasa su lugar geográfico, alcanzando la fibra celular. Un suplemento que extiende la vida más allá de los márgenes que conocíamos, los cuales de todos modos seguían viajando incansablemente. El desplazamiento permanente de Rutger Zuydervelt a veces no deja que se pueda apreciar con detención cada uno de sus pasos. Es necesario detenerse a observar con cuidado como, desde la distancia, se forma una panorámica despejada, de los cuales “Machine Rooms” y “Sol Sketches Supplement” son dos puntos ínfimos del paisaje. Sea como ruido industrial silencioso o como diseños abiertos de electrónica abstracta cubriendo notas de acústica inestable, se está formando una gran obra de arte transparente.

www.keshhhhhh.comwww.machinefabriek.nu, www.sanjaharris.com


275. Mallet Guitars Three
octubre 1, 2013, 12:00 pm
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Mallet Guitars Three

EX–EASTER ISLAND HEAD
»Mallet Guitars Three«
LOW POINT. 2013

El timbre eléctrico se esparce como un cuchillo afilado entre el oxígeno contaminado, infiltrado de otras partículas elementales que entran en fricción con su estruendo de energía invisible. Esas partículas dejaron de ser ellas mismas, conformando una atmósfera extraña y densa, un cielo indeterminado sobre el suelo gris. Ex–Easter Island Head es un ensemble de guitarras eléctricas y percusión con su base física en Liverpool, intentando expandir los límites que no existen para la música eterna y el drone infinito. Low Point es el sello ubicado en el n° 6 de la calle Crossman en Sherwood, Nottingham, focalizado en publicar sonidos de espectralidad acústica y ruido monótono saturado de matices transparentes. Del cruce de ambos surge este tercer volumen, un nuevo movimiento horizontal que es también el tercer trabajo de los manipuladores eléctricos.

Benjamin D. Duvall, George R. Maund, Jacob Chabeaux y Nicholas Hunt, quienes se sabe son parte de este proyecto, estrenaron sus extensas piezas unitarias hace tres años, con “Mallet Guitars One” (Low Point, 2010), un LP con solo una de sus caras con los surcos intervenidos, “tres movimientos de sobretonos fantasmales y consonancias sostenidas extraídas a través de patrones rítmicos que cambian gradualmente sobre el cuerpo de guitarras montadas horizontalmente con mazos de percusión”. A eso le siguió “Mallet Guitars Two / Music For Moai Hava” (Low Point, 2012), hace poco más de un año. Finalmente, aparece el tercer episodio de esta serie de trabajos unidos bajo una forma más o menos similar. Treinta escasos minutos para una obra fraccionada en cuatro partes donde se desarrollan las notas sin borde aparente. Al contrario de su portada, las guitarras no vuelan por el aire. Su posición espacial es estática, unida fuertemente por la gravedad que somete cualquier objeto de una determinada densidad. Pero esa posición espacial contrasta con la manera como las notas se expanden más allá de si mismas, esta vez si en concordancia con la imagen que cubre las doce pulgadas. Del momento primero se pueden escuchar las cuerdas estirar su cuerpo, distender sus músculos. Son las monolíticas notas que comienzan a esparcirse en medio de un ritmo confuso, como la atmósfera de una fábrica de metales oxidados. Pequeños golpes sobre bronce roído, arañando el sonido que avanza sigilosamente. “Mallet Guitars Three – First Movement” se arrastra por el suelo, arrastra el ruido metálico por el sedimento carcomido. El primer movimiento posee un transitar hasta cierto punto tenebroso, una especie de niebla que tiñe lo que le rodea de una sombra oscura y desconocida. Esto me hace de manera automática recordar ‘Lost’. Es inevitable no recurrir a sus maravillosos misterios. Compuesto en un período de dieciocho meses, y grabado en vivo en un antiguo hogar de menores, “Mallet Guitars Three” utiliza tres guitarras preparadas y tres intérpretes, que continúan preservando la tradición de la música en constante extensión, cuyos patrones ya fueron fijados por el minimalismo hace décadas atrás. Eso unido a lis esquemas repetitivos, más una electricidad que es permeable a otras texturas determina las composiciones de esta variable orquesta reducida. “Mallet Guitars Three – Second Movement” permite el ingreso de luz que cruza el denso ambiente anteriormente propagado. Acordes que se reiteran sobre un ritmo permanente de timbres de diversos materiales. Esos ritmos solo marcan el pulso que la instrumentación restante debe seguir. Solo en algunos momentos se escapa de ellos, como sucede en la mitad de esta pieza. “Mallet Guitars Three – Third Movement” se sirve del mismo soporte ya construido, igualmente con su mayor iluminación, pero el aire esta vez vuelve a tornarse espeso. Son los distintos traslados que se van generando entre el desplazamiento persistente de notas reproducidas una y mil veces. El movimiento puede parecer lineal, siguiendo las distancias mas cortas entre un punto y el siguiente. Sin embargo, sucede que no siempre es así, sino que estas cuerdas tensas se mueven como una onda a velocidad lenta. En algún punto un golpe hace que se inclinen hacia el cielo, produciendo algo de desorientación en el universo plano. El punto más alto llega justamente en el descenso final. “Mallet Guitars Three – Fourth Movement”, mezcla muchas cuerdas que se enredan entre si, formando una compleja red de acordes destemplados, variando de dirección geográfica, de peso y de color. A veces es atosigante, pero reconforta sentirse aturdido por las notas multiplicadas tanto que hasta parecen perder su naturaleza. En su tabla de elementos se generan nuevas aleaciones, y un metal se derrite sobre otro de propiedades antagónicas. Un avance premeditado que asciende hasta el infinito, sostenido en el aire, precipitándose hacia el abismo.

La radiación armónica de de cuerdas que se detienen en el espacio y el tiempo abren un punto en el universo que se escapa por fuera del límite conocido, un universo paralelo de materia gris compacta, a veces resplandeciente. Ex–Easter Island Head cruzan los límites transparentes del reflejo eléctrico eterno.

www.low-point.com, www.exeasterislandhead.com